Cuando se utiliza en teología, la palabra gracia tiene una amplia variedad de significados. En hebreo indica la inclinación llena de benevolencia hacia alguien. El término griego kháris expresa tanto el encanto de la belleza como el favor, el beneficio o el reconocimiento. El latín gratia añade además, por su etimología, los sentidos de gratuidad y gratitud.
Las epístolas paulinas representan la cúspide de la teología sobre la gracia. Tan elevadas son las consideraciones del Apóstol que San Pedro admite haber escrito «algunas cuestiones difíciles de entender» (2 Pe 3, 16), según la sabiduría que le había sido dada. Para San Pablo, la sabiduría de Dios está escondida, pues encierra profundidades que sólo el propio Paráclito puede penetrar (cf. 1 Cor 2, 6-10).
Partiendo de este fundamento bíblico, los escolásticos definieron la gracia como la participación en la vida divina, pero parecía que faltaba algo… En efecto, ¿cómo desentrañar los misterios de la gracia?
Ya nos lo respondió San Gabriel al saludar a su Reina: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1, 28). Es el único pasaje de todas las Escrituras en el que un espíritu angélico se dirige a alguien no por su nombre, sino por un título, expresando una realidad que, en el griego original, se hace aún más perceptible: ante Dios, el nombre de la Virgen es llena de gracia.
Con ese saludo, el arcángel prefiguraba el momento, sublime entre todos, en que la divinidad se uniría a la humanidad en la persona del Hijo, realizándose en el seno de María la unión hipostática, gracia por suma excelencia que Santo Tomás califica de «infinita, por ser infinita la persona del Verbo» (Suma Teológica, III, q. 7, a. 11). Nuestra Señora se convertía así en el trono de la gracia, donde habitó Jesucristo, desde donde partió para redimir al universo y desde donde quiere reinar.
La Madre de Dios portó en sí la gracia de las gracias, el Verbo hecho carne, y, asumiendo el papel de medianera, la entregó al mundo como remedio para sus crímenes. Pero los hombres, a lo largo de los milenios, la han rechazado… Y por eso mismo se precipitan aún más profundamente en los abismos de los que habían salido. Es necesario, pues, el advenimiento de gracias nuevas y éstas provendrán, como antaño, del Corazón de María, en el que habitan gracias inéditas, concedidas sólo a la predilecta de Dios.
En este sentido, San Luis Grignion de Montfort se refiere al Secreto de María, que revelaría un conocimiento más especial de la Santísima Virgen y de las maravillas obradas por Dios en Ella. Para encontrar la gracia divina, es necesario encontrar a la Madre de Dios, porque Ella fue quien halló gracia ante el Señor. Como indaga el santo mariano: «¿No es justo que la gracia vuelva a su autor, afirma San Bernardo, por el mismo canal por el que vino a nosotros?» (El Secreto de María, n.º 35).
Este secreto no consiste simplemente en actos externos, sino ante todo en una actitud interior, de manera que todas las cosas se realicen con María, en María, por María y para María, y así establecer la propia vida de Ella en el alma.
Ciertos, pues, de que sin la gracia nada podemos, y seguros de la omnipotencia suplicante de la Santísima Virgen, «comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno» (Heb 4, 16). ◊


