Perspicaz observador de la realidad, de las perspectivas y de los tipos humanos, Canaletto supo reflejar magníficamente en sus cuadros la Venecia del siglo XVIII, ciudad vieja y cansada, pero aún encantadora.

 

Grabado de Antonio Visentini que representa
a Giovanni Antonio Canal, apodado Canaletto

Giovanni Antonio Canal vio por primera vez la luz en Venecia el 18 de octubre de 1697.

De espíritu creativo, burbujeante y perspicaz —en una palabra, veneciano—, el pequeño Canal, apodado Canaletto, nacía en cuna de artista: su padre, Bernardo Canal, escenógrafo y decorador, se ganaba la vida entre los bastidores de importantes teatros europeos. Fue en el atelier paterno donde aprendió a pintar. Tan rápido se habituó a los pinceles que en poco tiempo ya lo vemos decorando, junto a su padre, teatros de Venecia y posteriormente de Roma.

La escenografía no significaba poco. Tal vez se pensaba incluso que estuviera situada más allá del arte, de tal modo encantaba y seducía a los espectadores, extasiados ante los escenarios fascinantes que parecían realidades emergidas del mundo de las fábulas.

Los conocimientos que requería tal profesión eran diversos, como el de la ingeniería, para colgar cortinas y levantar estructuras; el de la carpintería, para construir verdaderas ciudades sobre palcos inmensos; el de la pintura, para abrir cielos en techos cerrados y simular horizontes lejanos debajo de los arcos y a través de las rendijas de las puertas. No obstante, el atributo esencial de un escenógrafo consistía, sin duda, en su genialidad, don gratuito por el cual el soñador se transforma en realizador, capaz de hacer bajar, del paraíso al mundo de los vivos, maravillas impensables.

El comienzo de su carrera

Antonio Canal pronto decidió no seguir el mismo camino que su padre. Aprovechando todo lo que había aprendido con él, prefirió lanzarse en el mundo de la pintura, atraído por la hermosura de las ruinas romanas y, más tarde, por la grandeza graciosa de su ciudad natal.

Perspicaz observador de la realidad, de las perspectivas de los colores y de los tipos humanos, aquel joven no perdía el tiempo, seducido por cada ángulo nuevo que encontraba. Era de mediana estatura, tenía abundante cabello a la moda de la época, facciones redondeadas con algunos rasgos espigados, mirada viva, espíritu enérgico y emprendedor, pero gentil y delicado, como nos sugiere el grabado de su retrato, de Antonio Visentini.

Andaba por todos los lugares de Venecia contemplando las calles y travesías, ventanas, terrazas y tejados de la vieja ciudad, cansada pero aún formidable y encantadora. En el siglo XVIII el apogeo esplendoroso de la Serenísima había quedado atrás y ya no era la dominadora economía marítima la que posaba para el talento de aquel artista prometedor, lleno de esperanza en el futuro de su carrera, sino una Venecia que cuanto más daba señales de decadencia militar y económica, más multiplicaba, despreocupada, sus opulentas fiestas.

El famoso Carnaval, por ejemplo, con su bailes enmascarados y desfiles multicolor, faustuosos y heterogéneos, donde se reunían importantes patricios y simples gondoleros, era un espectáculo conocido en todo el mundo civilizado, que «durante seis meses atraía a Venecia una afluencia de extranjeros que alcanzaba el número de treinta mil personas»1.

En esa sociedad tan sedienta de artes y, al mismo tiempo, fértil para ellas, Canaletto empezó sus composiciones. Junto con su sobrino Bernardo Bellotto,2 realizó sus primeras obras. Hasta hoy no se sabe quién es el verdadero autor de algunas pinturas de esa época inicial de la carrera de Canaletto, si él o Bellotto, dado que el estilo de su sobrino se asemejaba mucho al suyo.

Las obras de Canaletto —óleos, grabados y acuarelas— comenzaron a adquirir fama en el mundo del arte, lo que en aquella época significaba también en el mundo del comercio, y no pasó mucho tiempo para que fuera reconocido por muchos mecenas como uno de los mayores representantes del vedutismo3.

La Venecia de Canaletto

Como si no bastara su excelente genio artístico, Canaletto escogía temas que garantizaban, por sí, la originalidad de sus cuadros. Mientras algunos autores presentaban una Venecia desmedidamente fabulosa, inmersa en ceremonias eternas de multitudes lujosas y alborotadas, o alineadas en orden de batalla a la manera de soldaditos de plomo, la mayoría de las veces Canaletto no buscaba más que la realidad de la Venecia «de todos los días»,4 con su sencillez, con su encanto, con los recuerdos de su grandeza impresa en cada pared, arco, columna y ventana.

Al igual que hoy hace un buen fotógrafo, él sabía ser discreto, ponerse detrás de las columnas de una galería o de la tienda de un vendedor ambulante en la plaza de San Marcos, o incluso analizar de lejos un conjunto de burgueses en animada conversación, a fin de coger a las personas en sus reacciones naturales y espontáneas. Escogía la mejor perspectiva de los ambientes, pero también analizaba a los hombres que los componían y les daban vida y movimiento.

Basta observar con atención algunos de sus lienzos para encantarse con la riqueza de detalles. En un rincón un joven burgués valora, algo intrigado, los productos a la venta dispersos sobre las baldosas de la plaza. Un poco más lejos, un grupo de nobles señores charlan y gesticulan animadamente, tal vez debatiendo sobre política y economía o sobre lluvia y buen tiempo. Más allá, un mercader ofrece sus preciosos marcos y tapicerías, apoyados en la pared de un edificio o colgadas de una estructura improvisada, a una distinguida dama con la característica falda globo.

El observador, seducido y casi forzado a caminar por el universo de detalles de la composición, por poco no comienza a oír el bullicio de la feria, las voces de los gondoleros, los teatros al aire libre y el ladrido de algún perro suelto paseando entre los vendedores ambulantes. Aún se conservan las páginas del cuaderno de Canaletto, donde podemos contemplar una colección riquísima de personalidades, recogidas al vivo, las cuales «catalogaba» para utilizarlas en sus diversos paisajes, encuadrándolas donde quisiera.

Pero también es verdad que Canaletto supo pintar los días de fiesta y solemnidades, ora civiles, ora religiosas, como nadie logró hacerlo. Su pincel fue capaz de transmitir de forma singular algo de la pompa, de la vivacidad y de la alegría que inundaba Venecia en aquellos días de celebración, los cuales, por así decirlo, no eran pocos. En efecto, «la elección de un dux, la noticia de una victoria, la visita de un príncipe extranjero, todo servía de pretexto para organizar ese espectáculo cuya puesta en escena era verdaderamente maravillosa»5.

Una de sus composiciones más famosas representa el día solemne en el cual, en la fiesta de la Ascensión, el dux de Venecia renovaba cada año el llamado «matrimonio» de la Serenísima con el mar, por medio del desfile náutico del Bucentauro —un enorme barco, sin mástiles ni velas, todo revestido de oro— acompañado por numerosas embarcaciones de distintos tamaños y formas que el genio humano haya podido osar, sumado a una variedad humana aún más rica.

El antiguo edificio de los guardias a caballo y la sala de banquetes de Whitehall, vistos desde el parque de San Jaime

Diez años en Inglaterra

En el siglo XVIII era grande la afluencia de jóvenes de la aristocracia británica a Venecia. Estos enseguida se convirtieron en una clientela fecunda para Canaletto, haciendo que su fama, ya creciente en su ciudad natal, se extendiera también entre la nobleza inglesa, que pasó a adquirir sus cuadros. No podían concebir que alguien alcanzara tamaña precisión, realismo y belleza sobre el lienzo. Joseph Smith, cónsul británico amante de las artes, encargó y comercializó numerosas obras del artista, muchas de las cuales se encuentran hoy día en palacios museo de Inglaterra.

En 1746 Canaletto se muda a Londres. De su estancia en la isla que un día fue llamada «de los santos» es suficiente decir que Canaletto veía a Inglaterra con los ojos de un veneciano, imprimiendo en sus paisajes una vida y un colorido no muy comunes en aquellos parajes, siempre manteniendo, no obstante, fidelidad a la realidad.

El gran acontecimiento de la época en Londres le sirvió, más de una vez, de tema a su pincel: la construcción del puente de Westminster, el segundo edificado sobre el célebre río Támesis. En la obra Londres visto a través de un arco del puente de Westminster, el buen observador podrá contemplar, no sin cierta curiosidad, un detalle: en primer plano, un cubo que cuelga de una cuerda. Jamás pasaría por la cabeza de un inglés añadir en un cuadro algo tan inesperado, pero para quien conocía el modo de ser del italiano eso no representaba ninguna sorpresa: él siempre estaba buscando accidentes pintorescos.

Al hospedarse de casa en casa, no le faltaron admiradores ni mecenas durante todo su viaje. Invitado por algunos nobles a regiones campestres, lejos de la capital, pudo descubrir temas más adecuados a su luminoso y movido estilo, que tal vez no se haya acomodado bien a la niebla pálida, densa y estática de Londres.

Crucero y el transepto norte de la basílica de San Marcos con músicos cantando,
último dibujo y últimas palabras que se conservan de Canaletto

Regreso a Venecia y consumación de su obra

Tras diez años de estancia en Inglaterra, Canaletto regresa a su tierra natal, en torno a 1755. En Venecia continúa encontrando clientes entusiásticos, pero ahora en menor número. Así pasó el resto de su vida, prestando servicios aquí y allá, para este burgués o para aquel otro noble, cosechando elogios y críticas, siempre recibidas con altanería.

Todavía pintaría muchas otras obras hasta que, acercándose el fin de su carrera, fue aceptado en la Accademia Veneziana di Pittura e Scultura, no sin dificultad y mérito. Su elección, en septiembre de 1763,6 pasó por calurosos escrutinios y fue muy discutida, ya que el vedutismo era considerado un arte de menor valor por atenerse demasiado a la realidad.

Su cuadro de recepción fue aprobado por las autoridades del mundo de la pintura. Era un capriccio, estilo de pintura cuyo tema procura mezclar realidad y ficción, diferente de las vedutte, con las cuales estaba más acostumbrado. El cuadro tuvo un enorme éxito y fue expuesto en la plaza de San Marcos en 1777, en honor a su autor.7

La última obra que llegó hasta nosotros data de 1766. Representa un grupo de cantores en el interior de la basílica de San Marcos e impresiona por la belleza y precisión de las líneas. En la parte inferior se puede leer su firma y la siguiente observación: «Hice el presente dibujo […] a la edad de 68 años, sin la ayuda de las lentes, en el año de 1766»8. Éstas fueron sus últimas palabras para la Historia, en las cuales encontramos el perfume propio a su genio y buen humor. No se conocen más datos sobre el final de su vida, salvo que entregó su alma a Dios el 19 de abril de 1768 y fue enterrado en la iglesia de San Lio, de Venecia, estando su nombre unido para siempre al de esta encantadora ciudad.

 

Notas

1 MOUREAU, Adrien. Les artistes célèbres. Antonio Canal, dit le Canaletto. Paris: Librairie de L’Art, 1894, p. 10.
2 Bernardo Bellotto (1721-1780) sería invitado más tarde por la emperatriz María Teresa a ir a Austria y por el emperador Estinislao Poniatowski, a Polonia. Sus cuadros, todavía más que los de su tío, se caracterizan por la precisión arquitectónica y geométrica, hasta el punto de que, después de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Varsovia pudo ser reconstruida gracias a los lienzos del pintor.
3 Nombre por el cual fue conocido, en el siglo XVIII, el género artístico también llamado paisajismo, pero más centrado en temas urbanos. Del italiano veduta —en plural vedutte—, significa vista, aquello que se ve.
4 PEMBERTON-PIGOTT, Viola. The Development of Canaletto’s Painting Technique. In: BAETJER, Katharine; LINKS, J. G. (Org.). Canaletto. New York: The Metropolitan Museum of Art, 1989, p. 60.
5 MOUREAU, op. cit., p. 50.
6 Cf. BAETJER; LINKS, op. cit., p. 267.
7 Cf. Ídem, p. 276.
8 Ídem, p. 358.

 

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