El enfrentamiento entre David y Goliat – Piedrecita de la gracia «versus» grandeza del hombre

Las blasfemias del filisteo resonaron en los oídos del joven hijo de Jesé. ¿Qué actitud adoptar ante las afrentas del enemigo?

Las páginas sagradas encierran paradigmas para toda la historia. Uno de ellos, y uno de los más elocuentes, es el duelo entre un jovencito «rubio, de hermosos ojos y buena presencia» (1 Sam 16, 12) y un gigante de Filistea de aspecto embrutecido (cf. 1 Sam 17).

David había sido elegido por Dios para sustituir al infiel Saúl como rey de Israel. Tras haber sido ungido el hijo de Jesé por el profeta Samuel, el espíritu del Señor ya se había apoderado de él (cf. 1 Sam 16, 13). Sin embargo, era necesario que su figura ganara gradualmente renombre entre el pueblo para que, en un momento dado, fuera reconocido como monarca. El contexto para que esto sucediera no tardó en surgir: los filisteos, en busca de venganza por la derrota que Saúl les había infligido, emprendieron una violenta contraofensiva.

Audacia, fruto de la razón

David servía como arpista al rey cuando un mal espíritu lo atormentaba, y sólo las melodías del pastor de Belén podían calmarlo (cf. 1 Sam 16, 14-23). Así empezó su vida en la corte.

Habiendo comenzado la movilización para la guerra contra los filisteos, sus tres hermanos mayores se alistaron, y él, el más joven de la familia, se quedó en la casa paterna para cuidar del rebaño.

En determinado momento, David fue enviado por su padre a llevar provisiones a sus hermanos combatientes y a obtener noticias de ellos. La situación que el muchacho encontró en el campamento era muy desalentadora.

Las tropas de los filisteos y los israelitas se enfrentaron en el valle de Terebinto. Como primera acción, los adversarios presentaron a su mejor soldado, que propuso un combate singular contra cualquier miembro del ejército hebreo: «Dadme un hombre, para luchar cuerpo a cuerpo» (1 Sam 17, 10). Era Goliat, un hombre descomunal, de casi tres metros de altura. Llevaba una coraza de aproximadamente sesenta kilos y un yelmo de bronce, y portaba una jabalina, cuya punta de hierro pesaba ¡unos seis kilos!

Aterrorizados ante semejante personaje, los hebreos se acobardaron, temerosos de enfrentarse a él. ¿Quién estaría a la altura de ese indomable guerrero? El dilema se prolongó durante cuarenta días, sin ninguna conclusión…

David llegó al campamento mientras Goliat repetía su desafío, como en los días anteriores. Al oír sus palabras cargadas de soberbia, se llenó de indignación y empezó a recorrer las filas de los soldados, preguntando: «¿Qué le harán a quien mate a ese filisteo y haga desaparecer tal afrenta de Israel?». Se equivoca quien piense que el joven hijo de Jesé actuaba movido por la ambición; basta con continuar la lectura para disipar el equívoco: «¿Quién es ese filisteo incircunciso para insultar a los escuadrones del Dios vivo?» (1 Sam 17, 26). La audacia es fruto de la razón, no de las emociones. Simplemente lo sopesaba todo antes de presentarse a luchar contra el gigante.

Su actitud impresionó a todos, en especial al rey, quien, tras cierta vacilación, le autorizó a lanzarse a la empresa. De hecho, «Saúl no reconoció en él al pastor de Belén, el hábil músico que hasta hacía poco calmaba sus furias. Se había vuelto más fuerte, su rostro, más varonil».1

Las armas de David

El joven guerrero fue revestido con la armadura de Saúl, la espada real, un yelmo de bronce y una coraza. Sin embargo, no estaba acostumbrado a tales pertrechos, ¡ni siquiera podía caminar! Por lo tanto, los rechazó de inmediato. Y con increíble sencillez, tomó su bastón, su zurrón y su honda, escogió cinco piedras lisas y avanzó valientemente contra Goliat.

El sentido práctico de las piedras consiste en que, al ser lisas, cuando se lanzan no cambian de dirección, como las irregulares, y alcanzan el objetivo con precisión. Representan las cinco llagas de Nuestro Señor Jesucristo: refugiados en ellas y por sus méritos, no hay mal que no podamos vencer.

Los pertrechos de guerra, traducidos a nuestra vida espiritual, pueden representar los grandes medios de los que el mundo se sirve para triunfar: prestigio, dinero, opresión, mentiras… Al considerar la fuerza del enemigo, nuestro cuerpo tiembla, nuestro corazón se angustia y el miedo nos invade por completo. No obstante, si nos refugiamos en el Señor Dios de los ejércitos, el temor da paso a la certeza de la victoria. Así, el héroe del Altísimo utilizó las «armas» de los humildes: la piedra y la honda, símbolos de la oración y de la confianza en el Rey de los Cielos.

¿Invencibilidad o cobardía camuflada?

Pero, si prestamos bien atención, veremos que bajo la arrogancia del adversario se esconde una vergonzosa debilidad.

¿No le parece extraño al lector que todo el ejército filisteo se escondiera detrás de un solo hombre, que destacaba por su inusual complexión y, además, se presentaba protegido por coraza, escudo, escudero?… ¿Acaso Goliat era tan fuerte? ¿Era real su invencibilidad? ¿O todo no era más que un disfraz? Quizá toda esa exhibición de fuerza encubría una gran cobardía.

He aquí la artimaña del mundo: emplear medios pomposos y llamativos para jactarse, cuando en realidad no posee nada, porque no cuenta con el auxilio del Todopoderoso. Sólo quien tiene a Dios es verdaderamente fuerte y valiente. San Agustín afirma con razón: «El mundo presenta una doble batalla contra los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos y los aterroriza para quebrantar su resistencia»; pero «aunque apriete, no oprimirá y, aunque ataque, no vencerá».2

Si David fue coronado con tal victoria, ¿qué epopeyas no lograrán los hijos de la luz con los méritos de la pasión y la intercesión de María?

Todos conocemos el final del relato bíblico: David sacó una piedra de su zurrón y la lanzó con la honda, alcanzando la frente de Goliat. «El mismo golpe que hizo que este orgulloso filisteo perdiera la vida, infundió tal terror en el ánimo de todos los demás que, sin atreverse a tentar suerte en la batalla, después de haber visto caer ante sus propios ojos a aquel en quien habían depositado toda su confianza, decidieron huir».3

Una lección para los nuevos David

Para concluir estas consideraciones, conviene reflexionar, o mejor dicho, interrogar nuestra propia fe: si David, que era antepasado del Señor y, por lo tanto, aún no vivía bajo el régimen de la gracia, fue coronado con tan brillante victoria, ¿qué epopeyas no podrán realizar los hijos de la luz, hoy fortalecidos por los méritos de la preciosísima sangre del Salvador y de la intercesión de nuestra Reina, María Santísima?

Que estos versículos de la Sagrada Escritura sirvan de estímulo para cada uno de nosotros, a fin de que no confiemos en las fuerzas naturales ni nos amedrantemos por las amenazas del mal. Más bien, fundemos nuestra esperanza en el Todopoderoso y seremos invencibles, como invencible es el propio Dios. 

 

Notas


1 Berthe, Augustín. Relatos bíblicos. Porto: Civilização, 2005, p. 259.

2 San Agustín. Sermo 276, n.º 1-2. In: Obras completas. Madrid: BAC, 1984, t. xxv, p. 21.

3 Josefo, Flavio. História dos Hebreus. São Paulo: Editora das Américas, 1956, t. ii, p. 221.

 

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