22 de febrero – I Domingo de Cuaresma
El Miércoles de Ceniza comienza la Cuaresma, tiempo litúrgico que nos prepara para celebrar el misterio pascual. Estos cuarenta días evocan los años de peregrinación del pueblo israelita por el desierto, hacia la tierra prometida, así como los días de ayuno y penitencia de Nuestro Señor Jesucristo antes de empezar su vida pública.
Recordamos así cómo la Iglesia vive en cada período de su historia un verdadero combate espiritual, siendo invitada a optar siempre por el camino del bien. Jesús mismo libró tal batalla en el desierto al ser tentado por Satanás, como relata San Mateo en el Evangelio de este domingo.
Se trata de tres solicitaciones del demonio invitándole al pecado, cada una más grave que la otra, resumiendo los tipos de tentación que pueden asaltarnos, pues el Señor quiso ser «probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4, 15).
Al desenmascarar la perfidia mentirosa del demonio con sabiduría y firmeza ejemplares, el divino Maestro se constituyó en el modelo de perfecta astucia contra las insidias infernales. Y Él nos exhorta a estar atentos, a ser vigilantes y audaces, a discernir las tramas del enemigo y sus secuaces que nos inducen al pecado.
El Salvador ha conquistado para nosotros, además, las gracias necesarias para nuestra perseverancia, incluida —si, por desgracia, llegamos a sucumbir— la fuerza para levantarnos de nuevo y seguir adelante en las vías de la santidad. En efecto, afirma el Apóstol: «Dios es fiel, y Él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla» (1 Cor 10, 13).
El Altísimo permite las tentaciones porque forman parte de nuestra prueba. Por lo tanto, no deben entristecernos, pues son una ocasión para demostrarle nuestro amor. ¡Es el momento del heroísmo! La falta no consiste en sufrirlas, sino en aceptarlas. En el padrenuestro, no pedimos que no seamos tentados, sino que no caigamos en la tentación.
Por otro lado, aunque sintamos cuánto nos hace sufrir la prueba, acabamos teniendo una especie de deseo de pasar por ella, porque nos damos cuenta de cómo eso da sentido a nuestra vida y nos hace merecedores del Cielo. Quien nunca ha sido tentado, no ha vivido. Con razón escribe el apóstol Santiago: «Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman» (1, 12).
La oración es el remedio más eficaz para resistir las tentaciones y los ataques del demonio, pues éste no puede hacer ningún daño sin el permiso de Dios. Pidamos hoy la gracia de rechazar firmemente cualquier solicitación al pecado, como el propio Jesús nos dio ejemplo, y recemos siempre para obtener el auxilio del Cielo.
Roguemos con confianza al divino Redentor: «No permitas que me aparte de ti; del maligno enemigo, defiéndeme». ◊

