Destituido de cualquier principio verdadero, aquel hombre se posicionaba siempre del lado del ganador, fiel a su eterno partido, el de la mayoría… ¿Sería él un personaje del pasado o de nuestros días?

 

En aquel Parlamento muchos hablaban, otros gritaban, algunos vociferaban palabras vacías; todos al mismo tiempo, sin orden ni respeto. En un rincón, un hombre analizaba la escena: mientras la mayoría disputaba la palabra, él guardaba silencio, atento a la actitud de los circunstantes. El personaje era delgado, de mirada fría, nariz aquilina; nada en él poseía estética, todo era anguloso y de aspecto sombrío.

Entonces comenzó una votación: «Sí», decían los más atrevidos; «No», murmuraban algunos. El hombre escuálido esperaba el momento decisivo, pues no le gustaba manifestar su opinión sin haber sopesado previamente qué sería lo que más le beneficiaría. A cierta altura, aquel que había escrito horas antes un discurso a favor del «no», era llamado. «El buen calculador había contado los votos y comprobado que iba a quedar en minoría, el único partido al cual nunca pertenecerá; sube a la tribuna con paso silencioso y murmura: “La muerte”».1

Tan pronto como pronunció su voto, las miradas se fijaron en él. Sus amigos sintieron la puñalada que acababan de recibir, sin entender el juego que estaba ejecutando; sus enemigos esbozaron una cínica sonrisa de aprobación. En verdad, se trataba de alguien que, «debido a su reserva sutil, a la audacia de no tener ningún carácter, a su ausencia completa de convicciones»,2 siempre se posicionaba, «tranquilamente y sin peligro, del lado del vencedor, en su eterno partido, el de la mayoría».3

Retrato de Joseph Fouché – Palacio de Versalles (Francia)

Joseph Fouché4 acababa de convertirse en un regicida.

Su ideal: verse libre de cualquier convicción

Era el 16 de enero de 1793. Por unos instantes el destino de Luis XVI pasó por las manos manchadas de aquel hombre, cuyo ideal era el de verse libre de cualquier convicción. Y optó por sentenciarlo a muerte. En consecuencia, la guillotina, inclemente e intolerante, cortaría días más tarde la cabeza del rey de Francia.

Cuando Fouché salió del Parlamento, el clima estaba ceniciento. Después de haber cometido tan horrendo crimen, el diputado de angulosa fisonomía caminaba tranquilamente por las calles de París, agitadas por una población en algarada.

Quizá, a lo largo de su trayecto, habría tratado de justificarse ante los asaltos de su pesarosa conciencia pensando: «Aunque durante mucho tiempo he estado investido de un poder oculto y terrible, sólo me he servido de él para calmar pasiones, disolver a los partidos y evitar las revueltas. Yo, que tanto me he esforzado por moderar y ablandar el poder, en conciliar o fundir los elementos contrarios y los intereses opuestos que dividían a Francia».5

En efecto, la engañosa bandera del consenso siempre tremola cuando, siendo necesario tomar una decisión, basada en principios verdaderos, capitula ante la mezquina mayoría, por miedo o por interés.6

Por espíritu de consenso, se niegan las convicciones

Pero ¿por qué recordar ese hecho histórico, ocurrido hace más de dos siglos? ¿Tendrá alguna enseñanza para nuestros días?

En un mundo de inestabilidad, inseguridad y, por tanto, de incertidumbre, como este en que vivimos, si nuestras convicciones con relación al bien, a la Iglesia y a Dios no están muy firmes, tambalearán ante la presión psicológica o incluso la persecución abierta hechas por aquellos que pretenden desfigurar o destruir cualquier presencia de lo sobrenatural en la tierra. Pues el instinto de sociabilidad impele a todo hombre a desear «quedar bien» con los demás, aunque esto suponga renegar de los principios adquiridos.

Un ejemplo paradigmático de esa realidad se encuentra en la Pasión del Señor: la misma población que lo saludó con hosannas el Domingo de Ramos, pocos días después —por espíritu de consenso— vociferaría el «¡Crucifícalo!», cometiendo el peor de los pecados de la Historia, el deicidio.

¿Cómo adquirir, pues, convicciones firmes, capaces de vencer cualquier desafío? ¿Dónde cimentarlas?

Las convicciones inquebrantables sólo nacen de la fe

Al explicar la definición de fe contenida en la Carta a los hebreos: «Sustancia de lo que se espera, argumento de las realidades que no se ven» (11, 1), Santo Tomás de Aquino observa que aquí el término argumento se emplea con vistas a indicar su efecto: por el argumento el intelecto es inducido a adherir a una verdad de la fe, que no se verifica a través de los sentidos. «Otra versión tiene la palabra convicción, porque el entendimiento del creyente es convencido por autoridad divina a asentir a lo que no ve».7

Por consiguiente, cuando la convicción proviene de la fe, ésta se robustece, despejando cualquier duda: «Diciendo argumento se distingue la fe de la opinión, de la sospecha y de la duda, que no dan al entendimiento adhesión primera e inquebrantable a una cosa».8

El Doctor Angélico no se detiene, sin embargo, en meras elucubraciones intelectuales. Más adelante afirma que «a la fe pertenece no sólo la credibilidad del corazón, sino también la confesión pública de la fe interior con palabras y obras exteriores».9

Por lo tanto, cuando la convicción es fruto de la fe, ésta tiende a expresarse en actitudes concretas, de modo que cuanto más se fortalece el alma en esa virtud, más la voluntad adhiere a los principios. Y como las virtudes son hermanas, la caridad, auxiliada por las certezas de la fe, se acrisola, haciendo que los actos de amor se vuelvan más firmes y profundos.

¡Ay de los «Fouchés» contemporáneos!

A la luz de esta doctrina, surgen algunas preguntas en cada uno de nosotros. Ante la persecución que la verdadera Iglesia sufre en tantos ambientes, ¿de qué lado estaré? Si me fuera pedido renegar de mis principios cristianos a favor de la opinión general, ¿qué responderé? ¿Seré contado entre los seguidores del consenso unanimista?

Quiera Dios que permanezcamos siempre cimentados y estables en la fe, inamovibles en la esperanza y ardientes en la caridad (cf. Col 1, 23), para que no ocurra que descubramos que las fuertes convicciones que creíamos tener en realidad eran torpes frutos de un deletéreo consenso. Frente a éste, nunca dobleguemos nuestra inteligencia ni nuestra voluntad, cuales infames «Fouchés» contemporáneos. 

 

Notas

1 ZWEIG, Stefan. Joseph Fouché. Retrato de um homem político. Rio de Janeiro: Guanabara, 1942, p. 33.
2 Ídem, p. 30.
3 Ídem, p. 37.
4 Joseph Fouché fue un influyente y discreto político en la Revolución francesa, de la que salió ileso; llegó a ser responsable del Ministerio de la Policía durante el Directorio y en el período napoleónico.
5 FOUCHÉ, Joseph. Memórias sobre Fouché. São Paulo: José Olympio, 1946, p. 11.
6 Observa Margaret Thatcher, ex primera ministra del Reino Unido: «Para mí, consenso parece ser el proceso de abandonar todas las creencias, principios, valores y políticas en busca de algo en lo que nadie cree, pero a lo que nadie se opone; el proceso de evitar los problemas que hay que resolver, simplemente porque no se logra llegar a un acuerdo sobre el camino a seguir. ¿Qué gran causa habría luchado y ganado bajo la bandera “Estoy a favor de consenso”?» (THATCHER, Margaret. Speech at Monash University, 6/10/1981. In: www.margaretthatcher.org).
7 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 4, a. 1.
8 Ídem, ibídem.
9 Ídem, q. 12, a. 1, ad 2.

 

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