Centinelas de la luz

El deber de todos aquellos que ejercen una misión profética, pastores o fieles, es ser luz en este mundo de tinieblas.

8 de febrero – V Domingo del Tiempo Ordinario

León XII1 enseña que una de las obligaciones de los pontífices romanos es la de ser vigías del rebaño de Cristo: rechazar los males que lo amenazan, así como prevenir a los fieles contra las trampas de los enemigos de la Iglesia, apartándolas y frustrándolas con su autoridad. Se trata de la misión profética de aquellos que, como Isaías en la primera lectura de este domingo, tienen el encargo de ser centinelas, defensores y pregoneros de los derechos de Dios.

En efecto, el profeta nos advierte del peligro de alejarnos de la mortificación y de renunciar al dominio de las pasiones, y subraya la necesidad de acrisolar la caridad para volver al camino de Dios, donde la luz brillará como la aurora (cf. Is 58, 8). ¿Cómo lograrlo en un mundo paganizado?

Está en el orden natural que los hombres se apoyen mutuamente para satisfacer sus necesidades básicas. Pero esto no puede reducirse a meros gestos de filantropía. León XIV nos recuerda la unión que debe existir entre los hombres, como factor de verdadera libertad: «Todos nosotros vivimos gracias a una relación, es decir, a un vínculo libre y liberador de humanidad y cuidado mutuo».2 Ésta es la libertad de los hijos de Dios, la caridad que libera el corazón humano de las ataduras del pecado y que para San Agustín constituye el umbral de la luz de la verdad: «Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad. La caridad es quien la conoce».3

En este sentido, la liturgia de este domingo podría definirse como la de la denuncia profética.

San Pablo proclama la superioridad del precepto divino sobre la sabiduría humana: «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado (1 Cor 2, 2). También nosotros, los cristianos, gracias al bautismo, debemos anunciar que la cruz es la verdadera sabiduría, en contraposición a la del mundo. No satisface los anhelos de los doctos y poderosos, que la consideran una locura, pero saciará plenamente a los débiles y será su fortaleza.

En el Evangelio, el Señor subraya la gran vocación de sus seguidores: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14). Y hoy, más que nunca, la luz debe ser la divisa de los discípulos de Cristo, que glorifican al Padre con sus palabras y ejemplos.

El tema de la luz está presente en toda la revelación bíblica. Ya en el Génesis se narra la separación de la luz y las tinieblas como el primer acto del Creador (cf. Gén 1, 3-4), y al final de la historia de la salvación será Dios mismo la luz de los bienaventurados (cf. Ap 21, 24). En la primera lectura, Isaías proclama la luz que brillará sobre el pueblo, siempre que éste siga la voluntad divina.

En su más reciente exhortación apostólica, Dilexi te, el papa León XIV señala esa luz como una característica de los primeros monjes que iluminaron su tiempo «por medio de la plenitud de la caridad».4 Ésa es, más que nunca, la misión de todos aquellos que ejercen una misión profética, ya sean pastores o fieles, todos los bautizados, miembros de la Iglesia. 

 

Notas


1 Cf. León XII. Quo graviora, n.º 1.

2 León XIV. Homilía, 1/6/2025.

3 San Agustín. Confessionum. L. VII, c. 10, n.º 16.

4 León XIV. Dilexi te, n.º 57.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados