Agradecidos por los numerosos beneficios recibidos, son muchos los que desean exteriorizar el enorme contentamiento que sienten por haber encontrado a una madre que, desde la eternidad, les ha guiado, amparado y protegido.

 

A la incomparable bondad de Dña. Lucilia para con aquellos que le dirigen súplicas, bien pueden ser aplicadas las palabras del salmista: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo» (Sal 22, 4), pues bajo su maternal chal encuentran amparo, protección y seguridad (cf. Sal 70, 3).

Sí, hábilmente Dña. Lucilia ha librado de apuros a sus fieles devotos, conduciéndolos por caminos rectos y restaurándoles las fuerzas en numerosos sufrimientos y dificultades de la vida.

Ana Karina Bueno con su hija

«Por su intercesión estamos aquí»

De Recife (Brasil) nos escribe Ana Karina Bueno para contarnos la curación de una enfermedad, conseguida por intercesión de Dña. Lucilia:

«Estuve con mi médica para hacerme los exámenes de rutina y, en la ultrasonografía, apareció un aumento en uno de los ovarios. Lo que debería ser seis centímetros cúbicos estaba con cuarenta. La doctora, al desconfiar de la ultrasonografía, por no ser una prueba de tanta precisión, pidió una resonancia magnética con contraste que haría en otro laboratorio de mayor fiabilidad. El resultado no sólo vino a confirmar el primero, sino también indicó que se trataba de un aumento a sesenta centímetros cúbicos. Es decir, estaba diez veces más grande de lo normal.

«La médica me envió al cirujano, quien me comentó la necesidad de extirpar ese ovario e incluso hasta el propio útero, dependiendo de cómo estuviera en el momento de la operación».

Mientras realizaba las pruebas preoperatorias, Ana hizo un rápido viaje a São Paulo, durante el cual tuvo la oportunidad de visitar una de las casas de los Heraldos y conversar con un sacerdote de la institución:

«Le conté todo lo ocurrido, le pedí su bendición y él en ese mismo instante la concedió, rogando la intercesión de Dña. Lucilia».

Al regresar a Recife y concluidos los exámenes preoperatorios le señalaron el inicio del procedimiento quirúrgico:

«Fui hacia la operación pidiendo que ella, Dña. Lucilia, estuviera conmigo. Y para sorpresa de todos —más aún del médico, que no entendía nada— no había ninguna alteración en mi ovario. Estaba en su tamaño normal y podría quedarme embarazada nuevamente si quisiera».

Admirada, le llevó las imágenes de la cirugía a la doctora que antes le había atendido para informarle de lo acontecido:

«La médica se quedó sin saber qué decir cuando vio el vídeo, pues pensaba que yo quería aclaraciones. Me dijo que no sabía cómo explicar el hecho».

Reconocida por el enorme favor obtenido de Dña. Lucilia, afirma: «Sabía perfectamente y no tuve ninguna duda de que fui curada en la bendición que recibí. Por su intercesión estamos aquí y tengo fe de que ella estará ayudándome nuevamente para que mi bebé esté bien de salud».

«Empecé una novena a Dña. Lucilia»

Habiendo tenido conocimiento de incontables beneficios alcanzados por intermedio de Dña. Lucilia, Jorge Nunes, de Xangri-Lá (municipio brasileño del estado de Río Grande do Sul), también recurrió a ella para pedirle que ayudara a su hijo a superar una dificultad que le impedía continuar el entrenamiento después de haber aprobado el examen del Cuerpo de Bomberos:

«En las pruebas físicas no conseguía realizar las “barras” porque le había aparecido un problema muscular. Pero hecho el examen médico, éste no acusaba ninguna anomalía. Empecé una novena a Dña. Lucilia, rezando una avemaría diariamente. Entonces encontró a un especialista que le indicó un tratamiento posible para su molestia.

«A partir de ahí mi hijo logró realizar el ejercicio más allá de lo mínimo exigido. Pasó todas las etapas y se graduó el 20 de noviembre, fecha hasta la cual mantuve las oraciones. A partir de aquí cambié la intención: pasó para el agradecimiento».

Jorge Nunes y su familia. En el destacado, su hijo, Miguel Dias Nunes

Amor maternal, que le devolvió la paz y la vida

También Flavia Emilia Duarte, de Campo Grande, nos escribe a fin de mostrar su gratitud por el amparo recibido de Dña. Lucilia, durante un período atribulado de su vida:

«Hace algunos años, en medio de una crisis de jaqueca, dolores de pecho, hormigueo en los brazos y de varias idas a Urgencias, me diagnosticaron agotamiento físico seguido de agotamiento mental. En un primer momento, buscamos un tratamiento psicológico; pero las crisis continuaban. Tenía miedo de enloquecer. Los síntomas bombardeaban mi cuerpo y, sobre todo, la mente.

«Meses después comencé el tratamiento psiquiátrico. El diagnóstico era depresión y síndrome de pánico. Empecé entonces a tomar la medicación prescrita. Tenía días buenos, seguidos de días pésimos. Los medicamentos amenizaban los síntomas, aunque no impedían las crisis.

«Llevaba así un año y ya tenía un viaje programado a São Paulo —nuestra familia iba a participar en una romería a Aparecida, con los Heraldos del Evangelio—, cuando una crisis muy fuerte de pánico me mandó nuevamente al hospital. Sentía que todo mi cuerpo hormigueaba, la consciencia llegaba a faltarme, conseguir respirar era prácticamente imposible. Me recetaron otro ansiolítico, y resolvimos seguir con la idea del viaje».

Durante el trayecto, Flavia recibió una fotografía de Dña. Lucilia y, encantada con aquella mirada bondadosa que tanta paz le traía, decidió recurrir a su intercesión:

«Al regresar a casa, después de una jornada más de terribles síntomas, decidí coger aquel pequeño retrato y pedirle ayuda a Dña. Lucilia. Le rogué que me quitara la “sensación de no saber respirar”. Podría continuar con los demás síntomas, pero ese era el peor de todos, ¡me restaba paz! Puse la foto debajo de la almohada y, cuál no fue mi sorpresa, al despertarme y percibir que aquel desconsuelo había desaparecido. Pasaron los días y ninguno de los síntomas volvieron a manifestarse, ¡estaba curada! Dejé entonces los medicamentos y hoy llevo una vida normal, gracias al amor maternal de aquella señora que me devolvió la paz y la vida».

Inesperados obstáculos en plena negociación de una venta

La familia de María Baghdikian, de São Paulo, se encontraba en una delicada situación financiera cuando decidió vender un inmueble recibido en herencia. Un inesperado percance, no obstante, vino a amenazar el éxito del negocio:

«Conseguimos un comprador, acordando entregarle el inmueble completamente desocupado en el plazo de tres meses. La planta baja del mismo estaba ocupada por nosotros. La parte superior estaba alquilada a una persona que desde el inicio del arrendamiento conocía nuestra intención de venderlo. Este inquilino, con quien teníamos una antigua relación de buena confianza, había asumido el compromiso de desalojarla en caso de venta, de modo que no pusiera trabas.

«Sin embargo, a partir del momento en que se cerró el contrato, pasó a adoptar un comportamiento negativo: extremamente agresivo, se oponía a desalojar el inmueble, de manera que hacía inviable la venta».

«Le agradezco a ella su bondad y rapidez con las que me socorrió»

En ese momento de tensión fue cuando un pariente le aconsejó a María que recurriera a la intervención de Dña. Lucilia, con el fin de que se solucionara a tiempo:

«Intentamos convencerlo de que cumpliera lo acordado verbalmente. Pero las conversaciones se fueron complicando y transformándose en discusiones y fricciones. Así, el tiempo iba pasando, el plazo final para la entrega de la propiedad se acercaba y el riesgo de perder la venta se volvía cada vez más real debido a la creciente obstinación del inquilino.

«Faltaban diez días para que terminara el plazo y tuvimos una áspera discusión, en la que él se comportó de forma mucho más agresiva y vulgar.

«Extremadamente afligida, decidí hablar con mi tío para preguntarle si tendría alguna idea o sugerencia que darme. Viendo que no se resolvería el problema sino era a través de la vía judicial, solución que al demorarse mucho tiempo podría invalidar el contrato, me sugirió que recurriera a Dña. Lucilia.

«Recé, inmediatamente, tres rosarios para pedirle su intercesión. Poco después se presentó el inquilino, de modo inesperado, en la planta baja del inmueble, donde me encontraba, y espontánea y sorprendentemente me dijo que iba a desocupar la vivienda.

«Había ocurrido un radical e inexplicable cambio de comportamiento de parte de él. De inmediato asocié ese cambio a una intervención de Dña. Lucilia. Le doy gracias a Dios por el favor que me hizo por intercesión de ella y a ella le agradezco su bondad y rapidez con las que me socorrió».

*      *      *

Con intervenciones como las narradas arriba, Dña. Lucilia ha acogido bajo su maternal chal a todos los que, afligidos y necesitados de auxilio, le dirigen oraciones.

Agradecidos por los numerosos beneficios recibidos de esta generosa señora, que hizo de su vida un constante holocausto de sí misma a favor del prójimo, muchos desean exteriorizar a través de esos relatos el enorme contentamiento que sienten por haber encontrado a una madre que, desde la eternidad, les ha guiado, amparado y protegido. 

 

Doña Lucilia fotografiada en 1912, en París

Trato ordinativo y compasión

Deben haber sido innumerables las circunstancias en las cuales la dulzura maternal de Dña. Lucilia pudo manifestarse a través del cariño insondable, envolvente y nunca desmentido con que acogía a todos los que se veían afectados por alguna tragedia o por alguna necesidad, por mínima que fuese.

Ejemplo de ello era la forma de tratar a su hermana Zilí. Desde el primer instante en que ésta vio la luz del día, Dña. Lucilia, trece años mayor, pasó a desempeñar el papel de madre para ella, envolviéndola con su inagotable afecto. Dña. Zilí conservó durante toda su vida una dedicación y gratitud casi filiales hacia Dña. Lucilia.

Semejante ventura le cabrá también a la hija de Dña. Zilí, Ilka, la cual, al vivir también en el palacete Ribeiro dos Santos y tener casi la misma edad que sus primos, sería educada con ellos como si fuese una hermana.

Transcurridas tantas décadas desde aquellos nostálgicos tiempos, Dña. Ilka aún conserva gratos recuerdos de su tía:

«Tía Lucilia era una auténtica lady, persona de un espíritu superior, pero de una bondad fuera de lo común. A veces podemos ser llevados a pensar que quien es bueno no debe contrariar a los demás o no es capaz de ver dónde está el mal. ¡Tía Lucilia no! Cuando se enfadaba con Plinio porque había hecho alguna travesura, ¡cuántas veces no la vi coger —de su tocador— un cepillo de plata y golpearle con él en la mano! No obstante, al mismo tiempo poseía una bondad inusual, ¡era bonísima!

Tía Lucilia era una santa. Sufrió mucho en la vida, pero sabía soportarlo todo con paciencia. Era realmente una persona extraordinaria.

Fue ella quien crio a mi madre. Cuando mamá nació, tía Lucilia tenía trece años y fue prácticamente ella quien la educó. La madre de mamá, en realidad, fue tía Lucilia.

Plinio, Ilka y Rosée en el Jardim da Luz, São Paulo

¡Mamá tenía locura por ella! ¡Locura! Creo que mamá tenía mucha más afinidad con su hermana que con su propia madre».

Para sus sobrinos, Dña. Lucilia era la tía predilecta. Suspiraban por estar con ella para oírla contar historias o celebrar en su compañía las Navidades, la Pascua y otras fiestas de familia.

El trato armónico, agradable y respetuoso constituía para ella la perfección de la vida social, verdadero regalo de Dios para suavizar las dificultades con que el hombre se encuentra en su peregrinar por esta tierra de exilio.

Era siempre firme y precisa en el ejercicio de su autoridad, que, sin embargo, se presentaba invariablemente envuelta en una atmósfera de bondad. Cuando tenía que solucionar un problema, procuraba, si era posible, que su decisión se aplicara de inmediato; pero nunca perdió, ni siquiera disminuyó, su convicción de que era la bondad la que apartaría los obstáculos y haría flexible la rigidez del amor propio en aquellos con quien debía tratar.

CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio.
Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima:
LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 120-121.

 

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Cooperadora de los Heraldos del Evangelio

1 COMENTARIO

  1. Precioso artículo donde gracias a los testimonios relatados podemos constatar la figura de Doña Lucilia, su compasión maternal por todos nosotros sus hijos espirituales, perfecta hija y discípula del Sagrado Corazón. Su singular santidad y su papel de intercesora de las causas difíciles y desesperadas, tal como me lo recuerda la imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón que hay en la capilla de la Iglesia de San Andrés Apóstol de Valencia.

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