25 de diciembre – Natividad de Nuestro Señor Jesucristo
San Isidoro1 cuenta que el águila recibió su nombre debido a la agudeza de su vista: aquila, de acumen oculorum, en latín. También dice que el ave mira de frente los rayos solares sin cerrar los ojos y sostiene a sus crías de forma que estén expuestas a dicha radiación, considerando dignas a las que mantienen la mirada fija y desechando a las que parpadean, por ser una deshonra para su especie.
Estas pintorescas reflexiones etimológicas nos vienen a la mente, por asociación de ideas, cuando leemos el prólogo del Evangelio de San Juan, proclamado en la liturgia de la Misa del día de la Natividad del Señor. La penetrante visión con la que comienza este himno tan sublime permitió a San Ireneo de Lyon2 atribuirle a su autor, precisamente, la alegoría del águila.
De hecho, en la apertura de su evangelio, el Discípulo Amado —como digno portador del símbolo del águila— dirige su mirada directamente hacia la divinidad del «Sol de justicia» (Mal 4, 2), Jesucristo, nuestro Señor. Y anuncia que ese niño, el hijo de María contemplado hoy en su nacimiento, es el Verbo divino que, preexistente antes de los siglos de la historia humana, creó todas las cosas (cf. Jn 1, 1-3).
En los versículos siguientes, San Juan sintetiza magistralmente los temas de su evangelio, entre los que destaca uno, raramente comentado en la Navidad. Podría decirse que, al igual que el águila somete a sus polluelos a una prueba exponiéndolos al sol, también él desea que todos sus oyentes dirijan su mirada admirativa para contemplar la luz divina.
En efecto, el apóstol virgen es el único evangelista que empieza su relato narrando que la venida de Jesús al mundo provocó un conflicto. Sí, en torno a este Niño tan tierno, que por amor «se hizo carne y habitó entre nosotros» (1, 14), se plasmó un antagonismo radical: luz y tinieblas (cf. Jn 1, 5); Jesús y el mundo (cf. Jn 1, 10); fe e incredulidad (cf. Jn 1, 7); quien cree en Él y lo acoge recibe la vida divina y la gloria celestial, convirtiéndose en hijo de Dios (cf. Jn 1, 12), el que lo rechaza permanece en las tinieblas y en la muerte eterna. He aquí la trágica y grandiosa elección que San Juan presenta en este himno, de la cual no podemos apartar la mirada.

Sin duda, estas consideraciones pueden parecer poco agradables en una celebración navideña. Pero, ante la actual crisis religiosa y moral que está sufriendo el mundo y, especialmente, la Iglesia, ¿es posible que no veamos esta realidad? ¿Seremos hijos de la luz o de las tinieblas? Se trata de una decisión clave para nuestro destino eterno.
Desde esta perspectiva, nadie tiene derecho a desesperar ni a desanimarse, porque, contando con María Santísima como intercesora, recibiremos gracias superabundantes para acoger la inefable luz del Niño Jesús y así participar en su Reino de amor por los siglos de los siglos. ◊
Notas
1 Cf. San Isidoro de Sevilla. Etimologías. L. XII, c. 7, n.º 10-11. Madrid: BAC, 2004, p. 939.
2 Cf. San Ireneo de Lyon. Contre les hérésies. L. III, c. 11, n.º 8: SC 211, 165.

