San Juan Ogilvie – Mártir de la fe, del papado y del celibato sacerdotal

En el peligro, un águila audaz; en el apostolado, un celoso pastor; en el tribunal, una prudente serpiente; en el tormento, un sereno cordero; en el cadalso, ¡un león indómito!

En 1580, Escocia se encontraba en una encrucijada: su historia católica, personificada en la controvertida figura de una reina encarcelada por su fe, María Estuardo, se enfrentaba a un turbulento presente, agitado por las olas de la revolución política-religiosa de John Knox. ¿Cómo se presentaba su futuro?

Este dilema estaba bien simbolizado en el hogar del barón de Drum-na-Keith: la esposa, católica de noble linaje; el marido, cabeza de la rama menor de los Ogilvie, uno de los calvinistas responsables de investigar y arrestar a los jesuitas. ¿Qué sería del pequeño Juan, el hijo recién nacido de ese matrimonio?

Un joven en busca de la verdad

Desde 1560, el presbiterianismo calvinista de John Knox se había instalado, a costa de sangre, como religión oficial del país, negando la sagrada eucaristía, la liturgia, el papado y el episcopado. El 24 de agosto, el Parlamento prohibió la celebración de la santa misa en todo el territorio escocés. Los infractores serían objeto de confiscación de bienes, destierro, castigos corporales a discreción de los magistrados e incluso la pena capital. El propio Knox confesó que «una misa era para él más temible que si diez mil enemigos armados desembarcaran en cualquier parte del reino».1

El presbiterianismo calvinista se había instalado, a costa de sangre, como religión oficial de Escocia, prohibiendo el culto católico en su territorio
Predicación de John Knox, de David Wilkie – Galería Nacional de Escocia, Edimburgo

Fue de esa Escocia de donde, unas décadas más tarde, el joven Ogilvie marcharía a estudiar a Francia a la edad de 13 años.

El muchacho, que había recibido una formación calvinista en casa, empezó a interesarse vivamente por las controversias religiosas que por entonces bullían en toda Europa. Guiado por una sincera buena voluntad, no tardó en recibir el auxilio del divino Espíritu Santo, que le abrió su entendimiento al sentido de la Sagrada Escritura y le inspiró una profunda admiración por las historias de los mártires. Así, Juan enseguida comprendió que la Iglesia Católica era la verdadera Iglesia de Cristo.

A los 16 años ingresó en el Colegio de los Escoceses de Lovaina, dirigido por sacerdotes católicos. Sin embargo, sólo junto a los profesores jesuitas de Olmütz (Austria) encontraría su vocación.

Ardoroso jesuita

Entusiasmado por el pugnaz carisma ignaciano, Ogilvie presentó su solicitud de admisión en la Compañía ya en su primer año de estudios. No obstante, una epidemia obligó a cerrar el colegio.

Sin dejarse abatir, el tenaz escocés acompañó a su superior a Viena, donde se le permitió ingresar en el noviciado de Brno.

Ordenado sacerdote en 1610, entró en contacto con otros dos jesuitas que regresaban de misiones fallidas en Gran Bretaña. Uno de ellos, el P. Gordon, había pasado tres años encarcelado en la temida Torre de Londres. Enardecido por la audaz empresa y con un ardiente deseo de entregarse al peligroso apostolado en su tierra natal, Escocia, el neopresbítero expuso sus anhelos al superior general.

Pero el P. Aquaviva, siguiendo la escuela ignaciana, lo reprendió severamente por querer que su voluntad prevaleciera sobre la de sus superiores. Por el momento, Dios no le pedía el sacrificio de arriesgar su vida, sino solamente el de la obediencia religiosa… Por el momento.

«Mucho gusto, Juan Watson»

En efecto, al cabo de dos años y medio, las autoridades decidieron que el P. Ogilvie partiera hacia Escocia. Debido a las leyes anticatólicas vigentes en aquellas tierras, tuvo que hacerse pasar por un excombatiente y tratante de caballos.

Así pues, el capitán Juan Watson —era ése su seudónimo— desembarcaba en el pequeño puerto de Leith, cerca de Edimburgo, en el otoño de 1613. Su objetivo era claro: desarrollar un apostolado entre nobles y burgueses católicos, con vistas a restablecer el catolicismo en Escocia. Todo debía ser hecho con discreción, eficiencia y sagacidad, para no ser denunciado ante el gobierno.

A despecho de sus buenas intenciones, el primer período de su apostolado fue infructuoso, pues la nobleza, conformista, no mostraba el más mínimo interés por la causa católica.

En febrero de 1614, el jesuita presentó, sin éxito, una propuesta de tregua político-religiosa en la corte de Londres. En Pascua viajó a París, donde fue reprendido por su provincial, el P. Gordon, por haber salido de Escocia sin la aprobación de sus superiores.

De regreso a Escocia

Amante de la obediencia, el joven sacerdote no se desanimó; al contrario, volvió —con más entusiasmo aún— a su misión. Quizá, como fruto de esa buena aceptación, a Nuestra Señora le agradó que esta vez su apostolado clandestino fuera más fecundo.

Entre Edimburgo y Glasgow, arriesgándose constantemente a ser víctima de una trampa, allí iba ese misterioso capitán Watson, o bien colándose en los presidios para animar a los católicos encarcelados a perseverar en la fe, o bien para predicar y administrar los sacramentos en secreto en los hogares de familias católicas.

Bajo un perfecto disfraz, aquel sacerdote desembarca en Leith; todo debía hacerse con discreción, eficacia y sagacidad
San Juan Ogilvie regresa a Escocia – Iglesia de San Luis, Glasgow (Escocia)

En el breve período comprendido entre la Pascua de 1614 y el comienzo de 1615, numerosas almas se reconciliaron con la Santa Iglesia gracias al celo del valiente misionero. Y probablemente habría habido muchas más conversiones si la obra del P. Ogilvie en aquellas tierras no se hubiera visto brutalmente interrumpida.

La traición

Tras celebrar misa en presencia de Adam Boyd, un protestante que había declarado estar dispuesto a volver a la verdadera Iglesia, el «capitán Watson» organizó un encuentro con el supuesto converso en el mercado de Glasgow para ilustrarlo sobre la doctrina católica.

Sin embargo, justo después de la celebración, Boyd fue a ver al «arzobispo» anglicano Spottiswood, un exministro presbiteriano que se encargaba de mantener a los católicos y calvinistas bajo el control del poder real en Glasgow. Así que cuando el P. Ogilvie se presentó en el lugar acordado, fue arrestado y llevado a la casa del alcalde. Allí también acudió Spottiswood y sus secuaces.

A partir de entonces, comenzaron las páginas más sublimes de la biografía del santo.

Asemejándose al Señor en su pasión

En una sombría representación del encuentro entre Nuestro Señor Jesucristo con Anás, el pseudoarzobispo abofeteó al ministro consagrado, censurándolo por «el atrevimiento de celebrar la misa en una ciudad de la Iglesia Reformada».2 A lo que, intrépido, el jesuita replicó: «Y vuestra merced tiene el atrevimiento de portarse como un verdugo y no como un arzobispo».

Al oír la fogosa respuesta, los criados de Spottiswood se abalanzaron con infernal violencia sobre el joven presbítero, arrancándole la barba e hiriéndolo con las uñas. Sólo la intervención de una autoridad civil pudo contener la saña furibunda de aquellos esbirros.

Asemejándose aún más al Señor en su pasión, el P. Ogilvie incluso fue sometido a la humillación de ser despojado de sus ropas antes de ser encarcelado.

Sagacidad, intrepidez y firmeza

A la mañana siguiente, se inició el interrogatorio, en presencia del prelado y del juez de Glasgow. Desde el principio, el santo fue interpelado sobre la principal acusación: «¿Habéis celebrado la misa en el reino?». Conocedor del código penal, el sacerdote se limitó a contestar: «Puesto que se trata de un crimen, no es a mí a quien toca responder, sino a los testigos». Preguntado si reconocía la realeza del calvinista Jacobo VI, replicó con precisión: «El rey Jacobo es de facto rey de Escocia», sin pronunciarse sobre la legitimidad de su poder. Otras veces, simplemente se negaba a responder cuestiones más comprometedoras.

No obstante, la prudencia no le empañaba su brío. En una ocasión, le increpó a Spottiswood por la invalidez de su consagración episcopal: «Lego sois y no tenéis más jurisdicción espiritual que la que pueda tener vuestro báculo».

Al cabo de las veintiséis horas que constituyeron la primera sesión del interrogatorio, el reo temblaba por la fiebre, pues no habría probado ningún alimento. Cuando le fue permitido arrimarse a una chimenea para calentarse, un criado del líder anglicano se acercó a él y le amenazó con arrojarlo al fuego allí mismo. «Habéis escogido el mejor momento para ello, pues estoy temblando de frío», replicó ingenioso y altivo el santo, revelando un gran distanciamiento psíquico, fruto de una absoluta confianza en Dios.

A pesar de las numerosas acusaciones, el mayor interés de los magistrados era, en realidad, averiguar los nombres de los que deseaban el regreso del catolicismo al Reino Unido. Así que, al no conseguir del P. Ogilvie ninguna delación, los verdugos decidieron privarle del sueño con la esperanza de que disminuyera su resistencia y, aun involuntariamente, acabara denunciando a alguno de sus amigos.

Durante ocho días consecutivos y sus noches, fue sometido a constantes torturas: lo expusieron a ruidos ensordecedores, lo arrastraron violentamente por el suelo, le arrancaron el cabello y lo hirieron con puntiagudas estacas. Además, lo ataron a barras de hierro, que no le permitían mantenerse de pie ni acostado.

Aparte de los castigos físicos, Spottiswood también le infligió un doloroso tormento moral, al difundir el rumor de que el jesuita había traicionado la causa católica revelando los nombres de algunos fieles.

Durante ocho días y sus noches, fue sometido a constantes torturas, pero nada hizo tambalear sus convicciones
San Juan Ogilvie en la cárcel – Iglesia de San Luis, Glasgow (Escocia)

Como los médicos advirtieron que el reo no soportaría tres horas más tan brutales tormentos, le dejaron descansar veinticuatro horas. Después, las sesiones se multiplicaron sin que se llegara a un veredicto y, sobre todo, sin que el P. Ogilvie revelara dato alguno.

Sentencia de muerte

Finalmente, el propio rey le envió un cuestionario sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Consciente de las consecuencias, el P. Juan Ogilvie no podía renegar de su fe. Respondió a las delicadas preguntas del soberano de acuerdo con la doctrina católica, lo que equivalía a firmar su sentencia de muerte.

Se estableció un tribunal definitivo para juzgar al P. Ogilvie por sus respuestas al cuestionario real. De esta acusación, el joven sacerdote no podía ni quería exonerarse: de ser necesario, daría su vida en defensa de la verdadera Iglesia y de sus derechos divinos.

La sentencia había sido promulgada. Juan Ogilvie iría al cadalso. Con cínica sutileza, el tribunal se cuidó mucho de emitir un veredicto que no parecía basarse en convicciones religiosas, sino en meros delitos civiles: alta traición y violación de las leyes del Estado. Como suele ocurrir, los malos deseaban ocultar las verdaderas razones de la condena para mancillar la gloria del fiel mártir con el fango de la vulgaridad.

Pero un hombre de la estatura moral del P. Ogilvie no podía morir como un simple falsificador de documentos…

Hasta el martirio, haciendo mal a los malos

Para entonces, el «caso Ogilvie» ya se había extendido por toda Escocia. Al entender que la apostasía del famoso jesuita sería más valiosa para la causa protestante que su heroico martirio, los enemigos de la Iglesia se abalanzaron como buitres sobre el condenado para ganarse su simpatía.

10 de marzo de 1615. De camino al patíbulo, un tal Scott, ministro protestante, intenta convencer al reo, con fingido afecto y compasión, de que abjure de la fe católica y abrace la herejía.

En una última muestra de viva astucia, el jesuita finge estar satisfecho con la propuesta y, simulando temer la muerte, responde vacilante: «Si de mí dependiera morir o no… pero no puedo hacer nada. He sido declarado culpable de alta traición, y por eso voy a morir».3

Sin darse cuenta de la santa trampa, el hereje le replica: «¡Traición! ¡En absoluto! Abjura del papismo y todo os será perdonado; incluso seréis colmado de favores». Y revela que había sido enviado por Spottiswood con órdenes de ofrecerle la mano de la hija del prelado cismático, junto con una cuantiosa suma de dinero, si aceptaba hacerse protestante.

En ese momento, ambos llegan al lugar del cadalso. El santo invita al mensajero a repetir la propuesta ante los numerosos testigos. Al oírla, los protestantes exultan, mientras que los católicos, allí presentes para presenciar el martirio, se estremecen, angustiados con la perspectiva de tan escandalosa apostasía.

Tomando la palabra, el P. Ogilvie pregunta, con aparente recelo: «Y en ese caso, ¿no podré temer ser perseguido como reo de alta traición?».

«¡No!», vocifera la multitud. «¿Mi delito, entonces, es solamente mi religión?». Creyendo que estaban a punto de obtener la capitulación del misionero, la turba liderada por Scott grita: «¡Sólo, únicamente la religión!».

El P. Ogilvie había conseguido lo que anhelaba. En una maniobra típicamente contrarrevolucionaria, quedaba así desenmascarada ante la historia la verdadera razón de la ejecución, y con ella, la sanguinaria maldad de los agentes de la seudorreforma.

Altivo y satisfecho, el mártir proclama: «¡Muy bien! Es más de lo que deseaba. Estoy condenado a muerte únicamente por mi religión. Por ella daría cien vidas, si las tuviera. Sólo tengo una; tómala, porque mi religión nunca me la arrebataréis».

Furioso al verse tan astutamente engañado, el ministro protestante ordenó al verdugo que ejecutara de inmediato la sentencia. Éste, a su vez, le rogó al condenado, entre lágrimas, que lo perdonara por la sangre inocente que iba a derramar.

En un último gesto de generosidad, el misionero abrazó a su verdugo y arrojó sus pertenencias a la gente. El rosario del sacerdote cayó sobre el pecho de un joven calvinista. Años más tarde, aquel muchacho atribuiría su conversión al catolicismo a ese episodio.

«Por mi religión daría cien vidas, si las tuviera. Sólo tengo una; tómala, porque mi religión nunca me la arrebataréis»
Ejecución de San Juan Ogilvie – Iglesia de San Luis, Glasgow (Escocia)

Finalmente, el sacerdote fue ahorcado. Escocia perdía a un misionero, y el Cielo recibía a un héroe.

«Non prævalebunt»

Juan Ogilvie fue beatificado el 22 de noviembre de 1929 por Pío XI y canonizado el 17 de octubre de 1976 por Pablo VI. La liturgia lo conmemora el 10 de marzo.

Su muerte es, sin duda, una de las historias más emocionantes del martirologio que tuvieron lugar en Gran Bretaña entre los siglos xvi y xvii. Sin embargo, no es la única. Poco se habla de los horribles suplicios a los que fueron sometidos muchos católicos en el Reino Unido, a partir del cisma de Enrique VIII.

No obstante, ante cada persecución, la Santa Iglesia siempre engendrará nuevos refinamientos de sublimidad y santidad, proclamando altanera su inmortalidad: ¡Non praevalebunt! 

 

Notas


1 Iribarren, Jesús. «San Juan de Ogilvie». In: Echeverría, Lamberto de; Llorca, SJ, Bernardino; Repetto Betes, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2003, t. iii, p. 199.

2 Butler, Alban. Vidas de los Santos. Ciudad de México: Clute, 1965, t. i, p. 522.

3 Todo el diálogo ha sido tomado de la obra: Molinari, SJ, Paulo (Ed.). Santos e Beatos da Companhia de Jesus. Suplemento. Braga: Secretariado Nacional do Apostolado da Oração; Apostolado da Imprensa, 1974, pp. 215-217.

 

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