Regocijaos, ¡admirad!

El Evangelio de hoy nos enseña cómo el lirio de la Santa Iglesia puede florecer en el lodazal del mundo actual.

14 de diciembre – III Domingo de Adviento
(Domingo «Gaudete»)

Al considerar las palabras del profeta Isaías elegidas para la segunda lectura de este domingo —«El desierto y el yermo se regocijarán, […] y florecerá como un lirio» (35, 1)—, vemos cómo muchas veces Dios se complace en suspender las reglas creadas por Él mismo para la naturaleza. De hecho, no es normal que un desierto florezca como un lirio…

Una imagen similar fue utilizada por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira para simbolizar el reflorecimiento del esplendor de la Santa Iglesia en los últimos tiempos, por medio de la Virgen, profetizado por San Luis María Grignion de Montfort:1 «Un lirio nacido del lodo, durante la noche y bajo la tormenta». El mundo actual —manchado por el lodo de la envidia, sumido en la noche de la tristeza, agitado por la tormenta de la comparación— aún verá con infinita alegría la recompensa de Dios, porque Él viene a salvar (cf. Is 35, 4.10).

A nosotros nos toca luchar por ese reflorecimiento. ¿De qué manera? El Evangelio nos lo muestra.

Pocos en la historia han representado tanto la figura de un lirio nacido durante la noche como San Juan Bautista. En medio de la decadencia del período premesiánico, incluso entre el pueblo elegido, el Precursor condensó la fe de los antiguos patriarcas, la esperanza de los profetas y la caridad de las almas ávidas por la venida del Salvador. Fue un hombre íntegro. Hasta tal punto de que el Señor no escatimó elogios hacia él: «más que profeta», el más grande «entre los nacidos de mujer» (Mt 11, 9.11), como nos dice el Evangelio.

Ahora bien, dado que los dones y virtudes de San Juan procedían de Jesucristo, éste no necesitaba enaltecerlos, pues todo le pertenece. Sin embargo, el Hombre-Dios quiso dejarnos el ejemplo de una virtud olvidada: la admiración.

A través de la contemplación admirativa de los reflejos divinos en las criaturas nos preparamos para la admiración eterna, en la bienaventuranza. Como bien observaba el Dr. Plinio, «cuando admiramos algo superior a nosotros, en el fondo estamos haciendo un acto de culto a Dios».2

Por otra parte, Mons. João afirma que la admiración «es una de las formas más sapienciales de practicar el amor a Dios en relación con nuestro prójimo»; y cuando la sociedad se deja penetrar por esta virtud, «bien podrá ser denominada Reino de María, pues estará impregnada por la bondad del Sapiencial e Inmaculado Corazón de la Madre de Dios».3

En cambio, el envidioso es profundamente odiador, como indica San Basilio: «Los perros se amansan con el alimento que se les da; pero los envidiosos, cuanto más se les favorece y beneficia, más ingratos y agrestes se vuelven».4

Quien admira es alegre: gaudete, regocijaos, ¡admirad! He aquí la fórmula para que el lirio de la Iglesia Católica florezca.

Pidámosle a María Santísima, alma ejemplarmente admirativa, que nos infunda su embeleso por la Santa Iglesia, por sus santos y profetas, por su Tradición y por el tesoro de su doctrina eterna. ◊

 

Notas


1 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.º 50.

2 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Admiração desinteressada e inocente». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XXIII. N.º 267 (jun, 2020), p. 19.

3 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. «Admirar, ¡esa alegría!». In: Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2014, t. iv, p. 220.

4 San Basilio Magno. Homilía XI. «De invidia», n.º 3: PG 31, 378.

 

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