Rápida solución para un problema complejo

Un grave accidente de tráfico dejó a dos pacientes esperando durante horas un trasplante de médula ósea. Contra todo pronóstico, la intervención de Dña. Lucilia obtuvo de Dios lo que parecía imposible.

Hay ciertas «coincidencias» que la ciencia no puede explicar; los milagros y las intervenciones sobrenaturales quedan fuera de su alcance. Y hay casos en los que las manifestaciones divinas y la ayuda inesperada son de difícil comprensión, incluso para personas de mucha fe.

Uno de esos casos es relatado por la Dra. Gianne Donato Costa Veloso, hematóloga del Servicio de Trasplantes Papa San Juan Pablo II, de la Santa Casa de Misericordia, de la ciudad de Montes Claros (Brasil).

Narra una serie de acontecimientos en torno a dos delicados trasplantes de médula ósea que habrían terminado en una tragedia de no haber sido por la intervención de Dña. Lucilia, que obtuvo de Dios toda una secuencia de hechos altamente improbables.

Un delicado trabajo, de vida o muerte

La Dra. Gianne escribe:

«Trabajo desde hace unos años tratando enfermedades que afectan al sistema sanguíneo y esto, para mí, es un arte sublime, en el que cada detalle marca la diferencia entre la vida y la muerte, el final y un nuevo comienzo.

»En algunas situaciones, para abordar tipos específicos de cáncer hematológico se requieren dosis muy elevadas de quimioterapia, que destruyen la enfermedad, pero también todas las células responsables de la producción de sangre y del sistema de defensa del organismo. Esto elimina la enfermedad, pero también puede matar al paciente.

»La única forma de hacer viable esa terapia eficaz es separar las células capaces de reconstruir el sistema sanguíneo y de defensa, mantenerlas almacenadas y vivas fuera del paciente mientras la quimioterapia destruye su enfermedad. A continuación, con el paciente libre de enfermedad y sin médula ósea, se infunden nuevamente las células que habían sido conservadas. Éstas reconstituirán el sistema sanguíneo destruido. En eso consiste el trasplante de médula ósea».

Las etapas de un procedimiento complejo

La Dra. Gianne explica algunos supuestos clínicos adicionales, que nos ayudarán a comprender mejor los hechos:

«Para realizar un trasplante de médula ósea, es necesario determinar el diagnóstico correcto, así como la indicación y el beneficio del procedimiento. Su planificación implica la administración de medicamentos para movilizar las células madre desde el entorno organizado de la médula ósea hacia el sistema sanguíneo que fluye por nuestros vasos. Luego, mediante un catéter en una vena de gran calibre, se recolectan las células deseadas, haciéndolas pasar por una máquina que las identifica por su tamaño y la ausencia o presencia de gránulos en su interior.

»Esas células seleccionadas se almacenan en bolsas de plástico para su posterior evaluación en cuanto a cantidad y vitalidad, infiriendo su capacidad de actuar como semillas muy especiales, con un destino específico para asentarse, repoblar y restablecer la función de toda la médula ósea a partir de un único tipo de célula madre infundida, capaz de generar miles de células hijas con funciones variadas que permiten un nuevo comienzo, sin dolencias y con la capacidad de restaurar el sistema inmunológico, ahora competente.

»Las células recolectadas son almacenadas y congeladas en una solución adecuada, donde pueden permanecer durante años, como si hibernaran. Lo que asegura la vida de estas células es la congelación en esa solución específica, que induce la ralentización y después la interrupción de la actividad metabólica de las células que, al quedar detenidas, dejan de consumir oxígeno y energía y, por lo tanto, no mueren durante ese período en el que permanecen fuera del organismo.

»De igual manera, su despertar y la reanudación de la actividad se desencadenan por la descongelación y la rápida infusión en el cuerpo a través de una vena de gran calibre, que proporciona rápidamente, en ese momento crítico, nuevas fuentes de oxígeno y de energía. De este modo, las células, ahora despertadas de su hibernación y nutridas por el torrente sanguíneo del paciente, circulan por la sangre y, mediante un mecanismo bellísimo de reconocimiento de su nuevo hogar, repueblan el entorno de la médula ósea que había sido preparado para recibirlas.

»Esta preparación consiste en destruir todo el sistema sanguíneo e inmunitario del paciente por medio de quimioterapias de altas dosis, de forma que todas las células malignas sean eliminadas a través de un tratamiento imposible de tolerar si las células capaces de reconstruir esos sistemas no estuvieran protegidas fuera del cuerpo. Si las nuevas células no son reinfundidas, surgirán diversas complicaciones que conducirán casi invariablemente a la muerte del paciente».

El inicio del drama: un accidente de tráfico

Tras esta explicación sobre la complejidad de la terapia y la necesidad de respetar la secuencia exacta establecida por el equipo médico, la Dra. Gianne describe la insólita situación que vivió:

«Dos pacientes con mieloma múltiple fueron preparadas para recibir su nueva médula ósea. Una vez confirmada la viabilidad de las células previamente recolectadas, se llevaron a cabo los tratamientos quimioterápicos veinticuatro horas antes del momento previsto para la infusión de las células madre. Se da la circunstancia de que estas células se manipulan en el Centro de Tejidos Biológicos, a cuatrocientos kilómetros del lugar donde las pacientes las recibirían.

»Las células son transportadas en bolsas de plástico, envueltas en finas placas metálicas que las protegen, y sumergidas en contenedores con nitrógeno líquido, que mantiene la temperatura a –195 °C. La posición y la inclinación del contenedor, dentro del vehículo de transporte, son monitorizadas para garantizar que no haya pérdida de energía ni aumento de temperatura durante el trayecto al centro de trasplantes de Montes Claros.

»A la hora en que debían llegar las células —las seis de la tarde del día anterior a su infusión—, nos informaron de un retraso en el transporte y una nueva previsión de entrega para las nueve de la noche. A las diez, el enfermero del centro de trasplantes recibió de la empresa transportista la comunicación de que el conductor del automóvil había sufrido un accidente: el vehículo se volcó y quedó tendido en una ladera junto al río Jequitinhonha, cerca del municipio de Olhos D’água. El conductor había sido rescatado por los servicios de emergencia (SAMU), pero nadie sabía el paradero ni el estado de las placas que contenían las células madre destinadas al trasplante de las dos pacientes.

Tras el accidente, nadie sabía el paradero ni el estado de las bolsas que contenían las células madre. A cada instante que pasaba, las probabilidades de que fueran aptas para el trasplante disminuían…
Vehículo que transportaba las células madre tras el accidente; en el destacado, búsqueda de las bolsas con el material

»Solicité inmediatamente la ayuda del médico responsable de la Unidad de Trasplantes, mi marido, el Dr. Luiz Fernando Veloso, quien avisó al superintendente del hospital. Ambos se pusieron en contacto con el SAMU para conocer los detalles del accidente con el fin de movilizar a bomberos y policía para que proporcionaran los medios y recursos necesarios para localizar las placas que contenían las células, a tiempo para la infusión.

»Enseguida nos enteramos de que el vehículo estaba bastante dañado, sujeto por un cable de acero, y que el contenedor ya no se hallaba en su interior. Además, encontraron la tapa del contenedor, pero no habían localizado el resto, y mucho menos las valiosas placas que contenían la “vida” de las dos pacientes».

La oración: solución para un problema «insoluble»

Al ver así desvanecidas todas las posibilidades de recursos naturales, la Dra. Gianne no dudó ni un instante:

«Ante este suceso y en completa oscuridad y desesperación, fui tomada por una fuerza de oración y súplica. Me dirigí a mi oratorio y, pidiendo la intercesión de la Virgen, recé los misterios de luz —misterios luminosos— del santo rosario, pues eso fue lo que me vino a la mente; también se me ocurrió pedirle a una buena señora, con fama de santidad, de la que había oído hablar.

»Esta señora, ya fallecida, se llamaba Dña. Lucilia, y tan pronto como su nombre me vino a la mente empecé a rezar y a pedir, entre lágrimas de desesperación, su auxilio en la búsqueda de las células, para que fueran encontradas aptas para la infusión, en la cantidad adecuada, con buena calidad y de la forma más rápida posible, ya que el tiempo era un factor crítico en aquella situación inusual y preocupante.

»Las células estaban en medio de los matorrales, o en el fondo del río, en algún lugar de la carretera cerca de Olhos D’água. Eran la “vida” de dos pacientes hospitalizadas, cuyas médulas óseas habían sido destruidas adecuadamente por la quimioterapia y estaban listas para recibir las células, que en ese momento se habían perdido.

»Durante unas cuatro horas recé, lloré, clamé y le pedí a Dios una solución a este problema grave y dificilísimo. Cada avance de la manecilla del reloj significaba el calentamiento de las células, consumo de energía y pérdida de vitalidad. Si el traslado se hubiera hecho en una hora normal y el accidente hubiera ocurrido durante el día, sin duda, el impacto de la temperatura habría sido mayor».

Una carrera contrarreloj, en la lucha para salvar dos vidas

«A las dos y veinte de la madrugada, nos informaron de que tres de las cuatro placas acababan de ser halladas. Encontrar pequeñas placas metálicas en la maleza junto al río, de noche y sin que las personas que las buscaban supieran exactamente qué estaban buscando, fue una primera providencia de Dios.

»De inmediato, todo el equipo responsable de la infusión se dirigió al hospital, pero con gran angustia por comprobar en qué condiciones llegarían esas médulas. Además, yo aún no sabía cuál de las dos pacientes recibiría una placa menos.

»A las tres y cuarto de la mañana, un policía militar, que se había curado de leucemia aguda hacía unos dieciocho meses, me entregó las tres placas en una caja de cartón. Más tarde supe que en algún momento de la búsqueda se barajó la posibilidad de desistir de la misma, pero él y otras buenas personas que estaban allí insistieron en continuar el trabajo, pues comprendían la importancia de este suceso para la salvación de las dos vidas que las esperaban. Veo en esto una segunda providencia de Dios.

»Las bolsas fueron evaluadas y desinfectadas; a continuación, se procedió a la infusión del contenido de las tres bolsas: dos con 3,6 millones de células para una paciente y la otra con 5 millones de células para la segunda paciente. Las bolsas llegaron descongeladas y, en ese momento, no sabíamos si las células seguían vivas y capaces de cumplir su papel, ya que la descongelación reactiva las células, que empiezan a consumir energía y oxígeno y tienen una corta supervivencia fuera del cuerpo, en esas condiciones.

»La infusión de las tres bolsas que contenían las células se realizó entre las tres y media y las cuatro y veinte de la mañana, sin ninguna complicación y con excelente tolerancia por parte de las pacientes. Estaban tranquilas y no sabían, todavía, lo que había sucedido.

Un pormenor vital

Un detalle muy importante, que la Dra. Gianne no omite registrar en su relato, es el hecho de que, para que la médula ósea recupere adecuadamente su función, el número mínimo de células que se debe infundir es de dos millones. Consciente de ello, había pedido en su oración que se encontrara la cantidad adecuada. Continúa la narración:

«La tercera intervención de Dios fue que habían llegado dos bolsas de la paciente que sólo tenía 3,6 millones de células en total; la pérdida de una de sus bolsas habría sido gravísima. Por lo tanto, la bolsa extraviada era de la paciente que, en la única de sus bolsas encontradas, tenía más del doble del mínimo necesario.

»A las cinco de la mañana, me entregaron la cuarta bolsa que, encontrada tarde, estaba dañada, rasgada y con todo su contenido celular perdido.

»A las siete de la mañana, esta noticia ya estaba en la televisión, con la imagen de un policía que, a la luz de una linterna, removía la maleza en la increíble jornada de búsqueda de algo que sólo conocía por aproximación. Informamos a las pacientes de todo lo ocurrido y sus implicaciones y riesgos. Se mostraron extraordinariamente tranquilas y confiadas».

Certeza sobre la intercesión de Dña. Lucilia

«En situaciones ideales, los signos de recuperación de la médula ósea trasplantada —cuyo restablecimiento mínimo llamamos “injerto”— suelen aparecer entre el décimo y el decimocuarto día después de la infusión de células madre. En algunos pacientes, ese “injerto” puede tardar treinta días o incluso más en producirse.

»Esto significaba que el martirio de aquella espera podía ser en extremo largo y duro, en una situación tan anómala. El riesgo de fracaso en el “injerto”, es decir, de que la médula simplemente no funcionara, era una amenaza preponderante y dependía de cuán viables eran esas células después de las agresiones a las que habían sido sometidas como consecuencia del accidente.

»El quinto día tras la infusión era domingo. Fui a misa a la iglesia de Nuestra Señora de los Clarísimos Montes, un edificio de los Heraldos del Evangelio. Era el primer domingo de junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús. En su homilía, el sacerdote heraldo mencionó, entre varios ejemplos de devoción al Sagrado Corazón, a Dña. Lucilia, madre del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, la misma señora con fama de santidad a la que había recurrido aquella noche difícil. Esto ya me pareció como un alivio a mi angustia.

»En determinado momento, el sacerdote se refirió a Dña. Lucilia como una “lamparita” que conducía al Sagrado Corazón de Jesús. Me invadió una intensa emoción, pues recordé una serie de hechos: mis oraciones, los misterios luminosos, las linternas de los policías que encontraron en la oscuridad las células desconocidas para ellos… Era imposible no asociar los acontecimientos de las médulas, mis oraciones y la petición de intercesión que le había hecho a esa señora con fama de santidad.

»Sentí la certeza de que todo ese suceso había sido bendecido, protegido, guiado e iluminado por la intercesión de Dña. Lucilia».

Finalmente, dos pacientes curadas por completo

La esperanza de la Dra. Gianne en el auxilio de una madre tan bondadosa no se vería defraudada en lo que respecta a la cuestión más importante de todos esos hechos: la vida de las dos pacientes. Acompañemos el desenlace de este impresionante relato.

«Al décimo día de la infusión, la paciente que recibió las dos bolsas de médula mostraba evidencias inequívocas del “injerto” de la médula ósea, y cuatro días después fue dada de alta en excelentes condiciones, como si la médula ignorara todas las agresiones que había sufrido.

La esperanza de la Dra. Gianne en el auxilio de tan bondadosa madre no se vería defraudada respecto de lo más importante: la vida de las dos pacientes
En el centro, la Dra. Gianne sostiene un retrato de Dña. Lucilia, junto con dos profesionales implicados en el caso

»Al undécimo día, la paciente que tan sólo había recibido una bolsa presentó un cuadro de reacción inflamatoria que, aunque no es frecuente, puede ocurrir durante el “injerto” de la médula ósea, manifestado como fiebre, descenso de la saturación arterial de oxígeno, taquicardia y malestar. Recibió el tratamiento adecuado y veinticuatro horas después se encontraba en buen estado clínico.

»Aclaro que la intensidad de esta reacción habría sido mucho mayor y más grave si la paciente hubiera recibido ambas bolsas. Dios obró con suma perfección, entregándome una bolsa de médula completamente vacía, porque, de lo contrario, se la habría infundido. Esta paciente fue dada de alta al decimoquinto día, también en excelente condiciones, como si nada negativo hubiera afectado a su médula ósea.

»El 11 de junio, día del alta de una de las pacientes, decidimos darle gracias a la Santísima Virgen por su cuidado maternal en el caso, por los equipos de búsqueda, médicos y paramédicos que participaron en estos hechos. Recibimos la visita de la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima, con la bendición del P. Wagner Morato, EP. Fue un momento importante para la fe de muchas personas allí en el hospital.

»Nos hicimos una bonita foto para la posteridad, con todos los implicados, y me aseguré de sostener una fotografía de Dña. Lucilia, como agradecimiento por esa gran bendición que nos fue concedida». 

 

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