No endurezcamos nuestro corazón

El contraste entre las aclamaciones del Domingo de Ramos y los gritos de condena unos días después nos recuerda que la superficialidad no puede arraigar en nuestras almas.

29 de marzo – Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

La liturgia del Domingo de Ramos, con su procesión y misa, nos presenta dos evangelios en los que se confrontan la gloria y la pasión de Cristo, invitándonos a meditar estos altos misterios como preparación al triduo pascual.

El Señor elige la Ciudad Santa como escenario de los dramáticos episodios de la Redención: «¡Alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna» (Zac 9, 9). Allí, Jesús es recibido y aclamado al son de cantos y alabanzas: «¡Hosanna —redención, en hebreo1— al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21, 9). Algunos extendían sus mantos, otros cortaban ramas de árboles y las esparcían por el camino para manifestar su alegría. Lo que los fariseos, los doctores y las autoridades del sanedrín le habían negado, la multitud lo proclamaba, sacudiendo la ciudad hasta sus cimientos.

Sin embargo, Jerusalén yacía en las tinieblas de la mediocridad y el mundanismo. El Templo se había convertido en una cueva de ladrones, el sacerdocio se había dividido en facciones, el pueblo había perdido la esperanza en la venida del Mesías. Sólo querían un líder que los liberara de la dominación romana y los hiciera señores del mundo. Por eso pasaron de las aclamaciones del Domingo de Ramos a los gritos de condena del Viernes Santo, pues, como profetizó Isaías, tenían a Dios en sus labios, pero no en su corazón (29, 13).

El evangelista nos cuenta un detalle que no pasa desapercibido. En dos ocasiones la Ciudad Santa fue sacudida ante la presencia del Mesías. Con motivo de su nacimiento, cuando llegaron los Reyes Magos preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2, 2). Y en el episodio que hoy celebramos: «Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: “¿Quién es éste?”. La multitud contestaba: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”» (Mt 21, 10-11).

La presencia del Señor era una censura a la incredulidad, a los vicios y a la dureza de corazón de aquellos judíos. De ahí que apoyaran la conspiración de sus dirigentes. Muy poco sabían que se estaban desenmascarando al mostrar un odio irracional y satánico. Con la muerte del Redentor se produjo la auténtica separación: «El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron» (Mt 27, 51-52). La higuera estéril fue arrancada de raíz y en su lugar germinó la semilla nacida del costado de Cristo: la Santa Iglesia Católica.

Pidamos —por los méritos de la pasión de Cristo y de los dolores de María Santísima— la gracia de estar siempre atentos a lo que Ellos nos piden y no endurecer nunca nuestro corazón por los oropeles del mundo o la mediocridad de la vida cotidiana. 

 

Notas


1 Cf. San Hilario de Poitiers. Comentario al Evangelio de Mateo, c. xxi, n.º 3. Madrid: BAC, 2010, p. 265.

 

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