«Si una mañana me encontraras muerta, no te entristezcas: es simplemente que Papá el buen Dios habrá venido a buscarme. Sin duda, es una gracia muy grande recibir los sacramentos; pero cuando el buen Dios no lo permite, sigue estando bien; todo es gracia».1 Estas palabras de Santa Teresa del Niño Jesús, pronunciadas cuatro meses antes de su muerte, arrojan luz sobre uno de los mayores misterios de la vida cristiana. En efecto, para el hombre bautizado no existe el destino, ni los augurios, ni la suerte o el azar. Lo que existe más bien es la Providencia de Dios, que nos guía en todas las cosas, grandes o pequeñas, con su mano omnipotente.
En la vida cristiana «todo es gracia», porque todo es providencial. Pero también «todo es gracia» porque los auxilios divinos que recibimos son mayores y más numerosos de lo que pensamos… Nos asombraríamos si pudiéramos ver las gracias que Dios nos concede día y noche: son las llamadas gracias actuales.
La energía que mueve el organismo sobrenatural
Ante todo, hay que establecer una distinción: aunque la gracia actual esté íntimamente unida a la gracia habitual o santificante, no debe confundirse una con la otra.
Las gracias actuales son disposiciones momentáneas que movilizan el organismo sobrenatural del alma
Ésta, como hemos visto en los artículos precedentes, es un don divino que le permite al hombre participar de la propia vida divina. Por la gracia habitual nos convertimos en miembros de la familia de Dios, en sus hijos y amigos íntimos, y recibimos como dádiva todos los dones y virtudes infusas. Pero estos dones y virtudes necesitan ser puestos en movimiento y para ello existen las gracias actuales: iluminaciones o disposiciones momentáneas que ponen en movimiento el organismo sobrenatural del alma. Su papel se asemeja a la corriente eléctrica que hace brillar las bombillas de una hermosa lámpara de cristal.
La gracia habitual es estática y se ordena al ser; la gracia actual es dinámica y se relaciona con el obrar de ese mismo ser. El P. Antonio Royo Marín, OP, define esta última así: se trata de «un auxilio sobrenatural, interior y transitorio, con el que Dios ilumina nuestro entendimiento y fortalece nuestra voluntad para realizar actos sobrenaturales».2
Pero, como ya se ha dicho, las gracias actuales son variadas. Por lo tanto, no actúan en el alma de una forma unívoca.
¿A vela o a remo?
Las gracias actuales pueden dividirse en gracias cooperantes y operantes, según su modo de obrar.
Las cooperantes son aquellas en las que el alma es movida por Dios, pero también se mueve a sí misma a la práctica del bien, cooperando con el auxilio divino. Las gracias operantes, en cambio, son aquellas cuya acción procede exclusivamente de Dios: el alma es movida así a realizar un bien sin más esfuerzo que el de dejarse conducir.
La gracia cooperante es como un barco que necesita remos para moverse, mientras que la operante se parece al que es movido por el viento en las velas
Un ejemplo dado por Mons. João ilustra claramente esa división. La gracia actual cooperante se parece a un barco que, en medio de la calma, necesita ser movido con la ayuda de remos. Por su parte, la gracia operante es como ese mismo navío cuando navega por el océano con las velas henchidas por un vigoroso ventarrón; se mueve sin ningún esfuerzo para la tripulación.
Por eso, Mons. João siempre instaba a sus hijos espirituales a rezar fervorosamente, pidiéndole al Señor que, aunque siempre dóciles a sus designios, los condujera por medio de abundantes gracias operantes. Si Dios es nuestro Padre, ¿por qué no nos daría tales gracias de su tesoro infinito? Es bueno, e incluso indispensable, pedir gracias; es condición para obtenerlas en mayor abundancia.

Además, cuanto más asiduamente acudamos a los sacramentos y más profunda sea nuestra vida de oración —y esto ya es una gracia que debemos pedir—, más numerosas y mayores gracias recibiremos, no porque las merezcamos, sino por pura gratuidad de Dios que, exaltando nuestros méritos, corona sus propios dones.3 La doctrina católica enseña que de ningún modo merecemos gracia alguna; sin embargo, podemos alcanzarlas por medio de la oración humilde y confiada, como promete el Señor: «Pedid y se os dará» (Mt 7, 7).
Gracias actuales: ¿por qué y cómo recibirlas?
A menudo recibimos gracias abundantes sin darnos cuenta. Esto es así porque nuestro orgullo nos lleva a atribuirnos un papel que, en realidad, es mínimo o nulo comparado con la acción de la gracia. Vencemos un defecto, hacemos un acto de caridad, reprimimos nuestra impaciencia, empezamos a rezar con más frecuencia y devoción… y creemos que todo se debe a nuestros generosos esfuerzos. No percibimos que una mano invisible nos sostiene en la práctica del bien, muchas veces sin que lo pidamos.
De hecho, la recepción de las gracias actuales no requiere necesariamente que el alma se encuentre en estado de gracia. Si así fuera, nunca lograríamos levantarnos cuando cometiéramos una falta grave. Sí, la conversión del pecador es una gracia insigne. Para Santo Tomás,4 es la obra más excelente de Dios.
Una vez más nos encontramos ante el abismal misterio de la misericordia de Dios, que odia el pecado pero ama al pecador y quiere que se convierta y tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16).
Entre la laxitud y el rigorismo
Pero entonces, si la gracia lo hace todo… ¿dónde quedan nuestros esfuerzos?
Ése fue un problema que la Iglesia, desde muy pronto, tuvo que afrontar. Ante el papel de la gracia en la vida humana, surgieron, grosso modo, dos posiciones heréticas.
La primera afirmaba la total o relativa inutilidad de la gracia de cara al esfuerzo humano. Integraban esta corriente, por ejemplo, los pelagianos, que consideraban la gracia sólo como una ayuda que hace la virtud más fácil y creían que sin ella el hombre puede cumplir todos los preceptos divinos. Contra ellos, San Agustín tuvo que librar duras batallas.
Otros, sin embargo, cayendo en el extremo opuesto, acabaron por prescindir del papel del esfuerzo y de la ascesis, para arrojarse sin remordimientos de conciencia en el fango de los pecados. Para Lutero, por ejemplo, la justificación se daría por la fe, independiente de las obras, por los méritos de la pasión de Cristo. De ahí que el líder protestante incluso llegara a decir: «Sé pecador y peca fuerte, pero confía y alégrate más fuertemente aún en Cristo, vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Hay que pecar mientras vivamos aquí. […] Basta con que por la riqueza de la gloria hayamos conocido al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; de este no nos apartará el pecado, incluso aunque forniquemos y matemos miles y miles de veces cada día».5
Sin la gracia no es posible hacer el bien íntegramente; si somos dóciles a sus inspiraciones, seremos elevados a alturas imaginables
Obviamente, ninguna de esas dos posiciones representa la visión de la Iglesia.
San Agustín6 afirma que sin la gracia no es posible hacer el bien en toda su integridad, ora de pensamiento, ora de deseo, ora de obra. Pero ¿cómo explicar que hombres malos, en ciertas ocasiones, realicen acciones buenas, incluso desde un punto de vista natural? Santo Tomás de Aquino lo explica: «Aun en este estado de degradación, puede el hombre con sus propias fuerzas naturales realizar algún bien particular, como edificar casas, plantar viñas y otras cosas así; pero no puede llevar a cabo todo el bien que le es connatural sin incurrir en alguna deficiencia. Es como un enfermo, que puede ejecutar por sí mismo algunos movimientos, pero no logra la perfecta soltura del hombre sano mientras no sea curado con la ayuda de la medicina».7
Mucho menos podrá el hombre, por sus fuerzas naturales, llevar a cabo actos que trasciendan su naturaleza corrompida, como la práctica de las virtudes y la observancia de los mandamientos divinos. Por lo tanto, ni siquiera podemos pronunciar piadosamente el nombre de Jesús sin el auxilio de la gracia actual.8
La solución, pues, parece resumirse al adagio ignaciano: «Orad como si todo dependiese de Dios y trabajad como si todo dependiese de vosotros».9
Dejarse guiar por la gracia divina
Si supiéramos escuchar la voz de Dios en el silencio de nuestro interior, nos daríamos cuenta de cómo en todo momento somos inspirados, por gracias actuales, a una mayor unión con Él. Santa Maravillas de Jesús solía repetir: «Si tú le dejas…». Seamos dóciles a las inspiraciones de la gracia; Él nos elevará a alturas que nunca nos atrevimos a imaginar que alcanzaríamos.

«Yo creo —decía la santa española— que al Señor no le importa en absoluto nuestra nada y miseria; de arreglar, limpiar y cambiar se encarga Él; la cosa es que le amemos y hagamos tan nuestra su voluntad divina […], que ella sola rija nuestra vida en lo grande y en lo chico, en lo exterior y en lo interior, y no nos ocupemos más que de cumplirla, y, sobre todo, de dejar que se cumpla en nosotros».10 ◊
Notas
1 Santa Teresa de Lisieux. «Derniers entretiens, 5 juin». In: Œuvres complètes. Paris: Cerf; Desclée de Brouwer, 2006, p. 1009.
2 Royo Marín, OP, Antonio. Somos hijos de Dios. Misterio de la divina gracia. Madrid: BAC, 1977, p. 59.
3 Cf. Ordinario de la misa. «Prefacio de los santos». In: Misal Romano. Traducción española de la 3.ª ed. típica latina. Madrid: Libros Litúrgicos, 2019, p. 502.
4 Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I-II, q. 113, a. 9.
5 Martín Lutero. «Carta a Melanchthon», del 1/8/1521. In: Obras. 4.ª ed. Salamanca: Sígueme, 2006, p. 387.
6 San Agustín. De correptione et gratia, c. ii, n.º 3.
7 Santo Tomás de Aquino, op. cit., q. 109, a. 2.
8 Cf. Royo Marín, op. cit., pp. 60-61.
9 CCE 2834.
10 Santa Maravillas de Jesús. «Carta 6241», del 17/6/1950. In: Cartas. Antología epistolar. 2.ª ed. Madrid: Edibesa, 2007, p. 282.

