Al despuntar el año 1793, Francia parecía una nación condenada a desaparecer. Todo lo que había sido estable durante trece siglos de monarquía cristiana se desmoronaba o era destruido: el rey había sido decapitado; la familia real se hallaba encarcelada; la nobleza había emigrado; el clero se dividía entre perseguidos y cismáticos; la burguesía estaba convulsionada por los miasmas revolucionarios; París se había convertido en el epicentro de la revuelta.
La solución vendría del único poder capaz de despertar fuerzas providenciales en los más humildes e insospechados rincones de la sociedad, en los momentos en que las élites decaen. Se trataba del mismo poder que, siglos antes, había hecho de una pastora llamada Juana de Arco la salvadora de la primogénita de la Iglesia.
Como señala cierto autor,1 en los anales de Francia hay episodios que constituyen ecos de la Historia Sagrada. Y, en este sentido, puede decirse que le correspondió a la contrarrevolución vandeana repetir las palabras de David al pelear contra el gigante Goliat: «Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanza, porque la guerra es del Señor y os va a entregar en nuestras manos» (1 Sam 17, 47).
En plena Revolución francesa, comenzaría un gran duelo entre el cristianismo y la Revolución,2 que sería la parábola del supremo combate entre la luz y las tinieblas.
Inicios de una guerra de religión
El 24 de agosto de 1790 se sancionó la Constitución Civil del Clero, piedra angular de una «Iglesia» moderna, estatal y separada de la Sede Romana. Meses después, los clérigos fueron intimados a suscribirla, bajo pena de exilio o, si permanecían en el país, de muerte. Los promotores de la Revolución soñaban con que, al herir a los pastores, el rebaño se dispersaría.
Pero no sería así en una región recorrida hacía menos de un siglo por San Luis María Grignion de Montfort, donde los vínculos entre la Iglesia y los fieles se conservaban demasiado fuertes como para disolverse por un simple mandato republicano.
El 21 de enero de 1793, Luis XVI era guillotinado. No se trataba sólo de un regicidio, sino un verdadero atentado contra el orden católico del Antiguo Régimen. La noticia caería como un rayo sobre la población del oeste francés.
Los católicos se sublevan
La Vandea es un extenso territorio situado entre el río Loira y el océano Atlántico, enmarcado a veces por densos bosques, otras, por zonas pantanosas. Esta región era cuna de hombres de voluntad decidida y de gran apego a las tradiciones, aliadas a una fe profunda y una lealtad familiar a toda prueba.
Para los vandeanos, la tristeza por la ejecución del soberano enseguida se transformaría en odio, pues la Convención —el gobierno revolucionario por entonces— había ordenado el reclutamiento de trescientos mil hombres para defender sus fronteras. Así, la Revolución ya no exigía sólo la resignación de los franceses ante sus atrocidades, sino que participaran activamente en sus iniciativas. Huelga decir que aquellos rudos campesinos no se someterían con tanta facilidad…
12 de marzo, Saint-Florent-le-Vieil. Algunos campesinos se rebelan al negarse a alistarse. Los azules, como eran conocidos los republicanos, llevan un cañón para persuadirlos, pero los jóvenes se lanzan a la lucha y terminan por tomar la pieza. Es el comienzo de un conflicto que se extenderá casi simultáneamente por varias localidades y amenazará el poderío revolucionario.
Habrá, es cierto, otros levantamientos contrarrevolucionarios, como el de la Chouannerie en Bretaña, las revueltas de Lyon, Tolón y Marsella y algunas escaramuzas de monárquicos dispersos. Pero la insurrección vandeana será el único movimiento que constituirá un verdadero cuerpo militar de oposición a la República: la Grande Armée Catholique et Royale, el gran ejército católico y real.
En su mayoría agricultores y artesanos, los combatientes de la primera hora eligieron como líderes a hombres de su entorno, pero dotados de un carisma que arrastrará a las multitudes: Cathelineau, un simple vendedor, apreciado unánimemente por su fervor religioso y sus incomparables dotes de mando, y Stofflet, un antiguo guardabosques que realizará hazañas militares sin precedentes.
¿Y los nobles? En un primer momento no actuarán. Los que no habían emigrado se atrincheraban en sus dominios, esperando que amainara la tormenta. Finalmente, algunos acabarán aceptando el mando, dada la insistencia de los campesinos. «A los nobles les corresponde guiarnos —resumió Cathelineau—, somos valientes como ellos, pero ellos entienden mejor el arte de la guerra». De ahí que los insurgentes buscarán hombres experimentados como Charette, D’Elbée, Lescure, La Rochejaquelein y Bonchamps.
Así, el marqués de Bonchamps hará de sus hombres unos grandes soldados. Lescure comandará ofensivas en el Alto Poitou, mientras que su primo, Henri de La Rochejaquelein, pasará a la historia como una de las figuras emblemáticas de la resistencia, inmortalizado por su célebre frase: «Si avanzo, seguidme; si retrocedo, matadme; si muero, vengadme». No obstante, a François Athanase Charette, sobre todo, será a quien la guerra de la Vandea le deberá sus episodios más inesperados y sus capítulos más trágicos.
Los papeles se invierten
En las primeras batallas a campo abierto, los vandeanos aún temían el fuego de los cañones: a los disparos le seguía la desbandada. Armados con palos y horcas, aquellos guerreros novatos parecían indefensos ante las bien equipadas filas de la República. Pero, instados por sus líderes e incluso por sus propias esposas, aprendieron en poco tiempo a luchar con ingenio y destreza: agachándose al estruendo de las armas, esquivaban los disparos; acto seguido, corrían antes de que el enemigo pudiera recargar las piezas de artillería.
Entonces se invirtieron los papeles y los azules empezaron a retirarse. Los despojos, por supuesto, eran capturados por los vandeanos, que pasaron a luchar con armamento adecuado. Sin embargo, más valioso que cualquier botín era el aprecio mutuo que reinaba en las filas católicas.
Los blancos, es decir, los vandeanos, comenzaron atacando aldeas consideradas bastiones de la República. Portando sus grandes rosarios y emblemas del Sagrado Corazón de Jesús, conquistaron varias ciudades en pocos días. Cada descampado se convirtió en campo de batalla, cada hoz en arma, cada camino en trinchera.
En un verdadero éxodo, decenas de parroquias se sublevaban, uniéndose al comandante más cercano. Familias enteras abandonaron sus hogares para marchar al combate y a lo desconocido.
Y las hazañas heroicas se multiplicaron. Una vez, durante un combate, un republicano gritó: «¡Disparad al que lleva un pañuelo rojo!». Henri de La Rochejaquelein siempre se distinguía por ese signo. Los disparos no lograron alcanzarlo, pero terminada la batalla, los oficiales le suplicaron a Henri que se lo quitara, a lo que el jefe no accedió. Ante tal situación, los campesinos decidieron adoptar el mismo distintivo, para que éste no fuera motivo de peligro para el comandante.

«Henri de La Rochejaquelein es proclamado jefe por los campesinos vandeanos», de Eugène Gluck – Museo de Historia de la Vandea, Lucs-sur-Boulohne (Francia)
De victorias brillantes a una triste dispersión
La oportunidad más brillante que tuvo la Grande Armée para revertir la situación en Francia fue la conquista de Saumur. El 9 de junio, la fortaleza considerada inexpugnable cayó en manos de los contrarrevolucionarios. El botín fue considerable: cincuenta cañones, quince mil fusiles, diez mil prisioneros. El camino estaba abierto para la toma de París y la consiguiente restauración del trono.
Pero, por desgracia, el ejército se desmoronaba con cada éxito. Con el fin de realizar la cosecha, muchos regresaban a sus propiedades, y así, la dispersión les impedía aprovechar su privilegiada situación. Para colmo, su ingenuidad los llevaba a liberar a los prisioneros, a cambio de un juramento de no volver a tomar las armas. Inocua medida, pues los agraciados, desprovistos de honor, se convertían en verdugos la siguiente ocasión. En palabras del general Westermann, «la piedad no es revolucionaria».3
Además, no hubo una acción coordinada por parte de los comandantes. En realidad, la Grande Armée estaba compuesta por tres divisiones que, en la mayoría de los casos, operaban de forma aislada. Así pues, el levantamiento perdía la fuerza de impacto que la unión habría proporcionado.
El 18 de junio, los vandeanos tomaron Angers. Se propuso atacar el puerto de Nantes, lo que les permitiría unirse a los contrarrevolucionarios de Bretaña, conocidos como chouans. No obstante, los resultados de la empresa fueron desastrosos. Cathelineau fue herido durante la batalla y, tras dos semanas de agonía, entregó su alma a Dios.
A partir de ese momento, la contienda adquirió un nuevo aspecto: las fuerzas adversarias alternarían éxitos con los guerreros monárquicos. Aunque la balanza pareciera inclinarse a favor de los azules, a veces los blancos se alzaban milagrosamente. Aún les quedaba esperanza.
La subida al Calvario
17 de octubre. Mientras el cuerpo inerte de la reina María Antonieta yacía en el cementerio de la Magdalena de la capital francesa, se libraba la decisiva batalla de Cholet.
A pesar de la superioridad numérica, un misterioso pánico se apoderó de los vandeanos. El marqués de Lescure cayó de un disparo en el ojo izquierdo; D’Elbée fue gravemente herido, al igual que Bonchamps, cuya última petición fue la liberación de los cautivos.
A la derrota sólo le faltaba convertirse en catástrofe.
Decididos a abandonar una tierra condenada al exterminio, ochenta mil hombres cruzaron el Loira hacia Bretaña, a la espera del apoyo inglés en el puerto de Granville. Tras una odisea tan ardua como ingrata, los supervivientes tuvieron que regresar; el episodio pasó a la historia como el Giro de la Galerna, nombre dado al viento que sopla del noroeste, responsable de naufragios y tormentas.
Con el ejército desmantelado y casi todos los combatientes muertos, la epopeya llegaba a su ocaso. El 23 de diciembre, los supervivientes cayeron en las marismas de Savenay, cazados como fieras por el cruel general Westermann.
Sólo Charette resistiría, con un puñado de fieles, personificando en cierto modo la gloria vandeana. Dos años después, el 29 de marzo de 1796, sería capturado y fusilado.
La República votó a favor del exterminio de la región donde había surgido su mayor pesadilla. Más de medio millón de hombres, mujeres y niños perecieron en incendios, ahogamientos, masacres, en definitiva, en el genocidio decretado a partir de 1794. Los blancos pasaron a la historia, al menos a la contada por los revolucionarios, como rebeldes desorganizados y fanáticos que lucharon salvajemente por un ideal idílico. Un completo fracaso. ¿Lo fue?

Batalla de Fougères, de Julien Le Blant
¿Vencidos?
Siglos de gloria y de lealtad de la nación primogénita de la Iglesia se concentraron en los hombros de aquellos humildes campesinos. En sus estandartes brilló la certeza de la victoria. Por primera vez, la Revolución se vio ante un poder mayor que el suyo.4
Pero, en cierto momento, ocurrió lo inexplicable. Y Dios pareció abandonar su propia causa. ¿Castigo?
En realidad, la insurrección vandeana, como muchos otros acontecimientos, no es una historia que deba leerse con ojos humanos. A veces, detrás de los grandes fracasos se esconden las más altas glorias. Las grandes decepciones compran, ante Dios, triunfos inauditos.
El Señor de los ejércitos había decidido adornar el estandarte vandeano con la cruz, convirtiendo a esa estirpe de guerreros invencibles en una multitud de mártires. La fidelidad de los justos estaba, pues, sellada y correspondía a la justicia divina glorificar a sus elegidos cuando le pluguiera, en esta vida o en la otra.
Hubo materialmente una derrota, es verdad, pero ante Dios hubo un triunfo. Porque en esta tierra las batallas se pierden y se ganan sin decidir, no obstante, el desenlace de la guerra por excelencia.
En efecto, la suprema batalla entre la luz y las tinieblas, de la cual estos hechos constituyeron un capítulo lleno de dolor y gloria, aún no ha terminado. Continúa en nuestros días y sólo concluirá cuando Nuestro Señor Jesucristo venga en gloria y majestad para juzgar a vivos y muertos. ◊
Notas
1 Cf. Charles-Roux, Jean. «Passion et calvarie d’un enfant roi de France». In: Escande, Renaud (Dir.). Le livre noir de la Révolution Française. Paris: Du Cerf, 2009, p. 163.
2 Los términos Revolución y Contra-Revolución, escritos con inicial mayúscula y sin referencia a ningún episodio histórico concreto, se utilizan en estas páginas en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro Revolución y Contra-Revolución.
3 Secher, Reynald. «La Guerre de Vendée. Guerre civile, génocide, mémoricide». In: Escande, op. cit., p. 231.
4 Cf. Dawson, Christopher. Os deuses da Revolução. São Paulo: É Realizações, 2018, p. 131.

