Desde los albores de la creación, asemejarse a Dios ha sido un profundo anhelo del hombre, hecho a su imagen y semejanza. Sin embargo, el orgullo cegó a nuestros primeros padres —y, en ellos, a toda la humanidad—, distorsionando este saludable anhelo en sus almas. Sus primigenios movimientos de imitación del Señor, con vistas a la unión con Él, degeneraron en la pretensión de igualarse a la divinidad para emanciparse de ella. Entonces apareció la serpiente y los fascinó con su invitación: «Seréis como Dios» (Gén 3, 5).
No obstante, en sus designios insondables, el Padre celestial ha puesto nuevamente a nuestra disposición, en virtud de los méritos infinitos de la Redención obrada por Nuestro Señor Jesucristo, medios eficaces y sobreabundantes para alcanzar la verdadera deificación. Ésta comienza en nosotros en el momento del bautismo, cuando nos es infundido en el alma un auténtico organismo sobrenatural.
A una nueva vida corresponde un nuevo modo de actuar
Para comprender mejor esta sublime realidad, consideremos la propia vida natural del hombre, pues, aunque la vida sobrenatural le es infinitamente superior en grado infinito, «no le es superpuesta simplemente, sino que la penetra por completo, la transforma y la diviniza».1 Podemos, así, identificar una profunda analogía entre ambas.
En el orden natural, el alma es la fuente de la vida. Sin embargo, no es inmediatamente operativa, es decir, no realiza actos por sí misma; para obrar, se sirve de sus facultades —entendimiento, voluntad y sensibilidad. Algo parecido ocurre en el orden espiritual: para desarrollarse, la gracia santificante necesita hábitos operativos —las virtudes y los dones del Espíritu Santo—, que, junto con ella, constituyen el fundamento de nuestro organismo sobrenatural.2
Por usar una imagen: al igual que una persona sana, además de cabeza y tronco, tiene miembros que le permiten moverse y actuar, el alma divinizada por la gracia posee virtudes y dones, los cuales son como brazos y piernas que le dan la posibilidad de obrar, guardando las debidas proporciones, como Dios mismo.
En resumen, mientras que por la gracia santificante recibimos un nuevo modo de ser, por las virtudes y los dones adquirimos un nuevo modo de obrar, o sea, la capacidad de producir actos sobrenaturales y meritorios ante el Señor.
Las virtudes infusas: camino hacia la santidad

«Con ella vinieron todos los bienes juntos, tiene en sus manos riquezas incontables» (Sab 7, 11). Esta afirmación de las Escrituras, referida a la sabiduría, bien puede aplicarse a la gracia santificante, mediante la cual recibimos el magnífico tesoro de las virtudes. La doctrina católica las divide en dos categorías: teologales y morales.
Las virtudes teologales, que vivifican a todas las demás, son tres: fe, esperanza y caridad. Conciernen a la unión con Dios, nuestro fin último sobrenatural, y nos ponen en constante relación con la Santísima Trinidad. En cuanto a nuestra relación con el prójimo, entran en escena las bellas virtudes morales, que la teología resume en cuatro principales, llamadas cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Éstas nos permiten vivir en este mundo de acuerdo a nuestra altísima condición de hijos de Dios, herederos del Reino celestial.
Ahora bien, el modo de obrar de las virtudes no es todavía el más excelente, pues lo que gobierna y regula su ejercicio es la razón del hombre iluminada por la fe;3 y el concurso de esta facultad nuestra no basta para manifestar todo el esplendor de la vida divina que hemos recibido. Tal perfección, por tanto, compete a los dones infusos.
Un «arpa» tocada por el Espíritu Santo
A diferencia de lo que ocurre con las virtudes, el Espíritu Santo es quien actúa a través de los dones,4 dejándole al hombre sólo un papel secundario. Así, los actos resultantes de esas potencias sobrenaturales tienen un aspecto mucho más divino que humano.
Contrariamente a lo que muchos piensan, las acciones más excelentes no son las que provienen de la ascética práctica de las virtudes, sino las que proceden de los dones, porque son obra de Dios, y la santidad consiste en dejarse guiar por esas inspiraciones divinas. Quien vive así es perfecto en todo, como el Padre celestial (cf. Mt 5, 48), y puede repetir con San Pablo: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20).

Un ejemplo dado por el P. Antonio Royo Marín, OP, ilustra muy bien la superioridad de los dones espirituales y cómo perfeccionan y completan las virtudes. Según el eminente teólogo, éstas son como un arpa que se le da al alma para que interprete armoniosas composiciones, que serían los actos sobrenaturales. Explica: «Como el artista que la maneja —la propia razón natural— es muy torpe y miope aun bajo las luces de la fe, resulta una melodía desafinada e imperfecta. […] Hasta que llega un momento en que el propio Espíritu Santo pulsa el arpa de las virtudes infusas a través de los dones del mismo Espíritu Santo y sale del alma una melodía bellísima, absolutamente divina, que no es otra cosa que los actos de virtud perfecta y heroica de los verdaderos santos».5
Hábitos infusos y bienaventuranzas
Por eso, cuando el alma es dócil a las mociones del Paráclito, produce actos de refinada virtud, como dulces y suaves frutos.6 Algunos de ellos son referidos por San Pablo en su carta a los gálatas: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí (cf. Gál 5, 22-23).
Mediante esos frutos alcanzamos también las bienaventuranzas mencionadas por Nuestro Señor Jesucristo en el sermón de la montaña. Éstas coronan la vida sobrenatural y, «en virtud de las recompensas inefables que las acompañan, son ya en esta vida como un anticipo de la bienaventuranza eterna».7
Santo Tomás de Aquino establece una interesante correspondencia entre las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo y las bienaventuranzas evangélicas. La virtud de la caridad, por ejemplo, es perfeccionada por el don de sabiduría, que nos incluye en el número de los pacíficos, merecedores de ser llamados hijos de Dios (cf. Mt 5, 9). La esperanza, por su parte, se refina con el don del temor, que nos hace pobres de espíritu, poseedores del Reino de los Cielos (cf. Mt 5, 3). Y así sucesivamente.
Amor con amor se paga
Una atenta mirada a las maravillas obradas por Dios en nuestro favor en el momento de nuestro bautismo es suficiente para dejarnos abrumados de alegría, asombro y gratitud.
Ahora bien, amor con amor se paga. El Señor no espera de nosotros otro agradecimiento más que el que lo amemos con todo nuestro corazón. Y amarlo significa desarrollar al máximo nuestra vida sobrenatural y hacernos cada vez más deiformes.
Que María Santísima, Madre de la divina gracia, interceda por nosotros en este caminar hacia la eternidad y nos obtenga una santidad cristalina. ◊
Notas
1 Tanquerey, Adolphe. Compêndio de Teologia Ascética e Mística. 6.ª ed. Porto: Apostolado da Imprensa, 1961, p. 53.
2 Cf. Garrigou–Lagrange, OP, Réginald. Las tres edades de la vida interior. 3.ª ed. Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1944, p. 58.
3 Cf. Royo Marín, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC, 2012, p. 97.
4 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I-II, q. 68, a. 1.
5 Royo Marín, OP, Antonio. Jesucristo y la vida cristiana. Madrid: BAC, 1961, p. 424.
6 Cf. Santo Tomás de Aquino, op. cit., q. 70, a. 1, ad 1.
7 Royo Marín, Jesucristo y la vida cristiana, op. cit., p. 157.

