¡Esclavitud!… Una palabra tan cruel que evoca dolorosas y terribles impresiones en nuestro interior: pesadas cadenas, violentas sujeciones, horribles castigos; realidades que tanto más nos hacen temblar cuanto más nos alejan de lo que más apreciamos: la libertad. Sin embargo, por increíble que parezca, hay una esclavitud que libera y una libertad que esclaviza.
Un ejemplo de ello lo encontramos en el libro del Génesis. Rico en emotivas y dramáticas escenas, este escrito constituye un verdadero tesoro de enseñanzas morales, de entre las que podemos citar el paradigmático caso de José, el joven «soñador» (Gén 37, 19), que expresa muy bien el contraste entre la envidia y la admiración en el alma humana.
El más amado de los hijos…
Jacob tuvo una hija y doce hijos, entre los cuales José gozaba de especial predilección: su padre lo amaba «más que a todos los otros hijos» (Gén 37, 3a). ¿Por qué?
En una primera lectura, parece obvio que esa preferencia hallaba su fundamento en el hecho de que José era el descendiente que le nació casi al final de su vida. Al menos eso es lo que indica el texto sagrado: «porque le había nacido en la vejez» (Gén 37, 3b). No obstante, la explicación podría no ser completa. Si el amor paternal de Jacob se moviera únicamente por eso, el principal objeto de su afecto debería haber sido Benjamín, el último vástago concebido por Raquel (cf. Gén 35, 18).
Ciertamente existía algo más sublime en aquella inocente alma, que no sólo atrajo la predilección paterna, sino que, por encima de todo, conquistó el corazón de Dios mismo. Una gracia y un designio especiales se posaban sobre José, en quien habían brillado desde su juventud una particular rectitud y notorios dones sobrenaturales.
… y el más odiado entre los hermanos
Es propio del amor manifestarse. Fiel a esta regla, Jacob quiso revestir a su hijo predilecto de una túnica policromada, como muestra de su entrañable afecto. Sin embargo, ese gesto constituyó una prueba para sus hermanos… Al percibir que José gozaba de primacía, «empezaron a odiarlo y le negaban el saludo» (Gén 37, 4).
Era la envidia la que, «cuando se apodera del alma, no la abandona hasta que la conduce al más extremo absurdo»,1 como bien observa San Juan Crisóstomo. De hecho, el creciente odio de los hermanos les oscureció el corazón al punto de llevarlos a idear uno de los crímenes más atroces: el fratricidio.

Una libertad que esclaviza
¡Envidia! Si verificamos su etimología, nos encontraremos con una interesante peculiaridad: el término proviene del latín invidia, que deriva de invidere, que significa «echar el mal de ojo».2
El envidioso se obsesiona; se engaña a sí mismo al considerar el bien del prójimo como un obstáculo para su propia gloria. De este modo, se expone a terribles consecuencias: tristeza ante la virtud ajena, odio, maledicencia, calumnia, alegría por el mal que le ocurre a los demás, y un largo etcétera… No se da cuenta de que tal vicio sólo le trae culpa y remordimiento.
Ése fue el triste caso de aquellos hermanos que, ante un alma admirativa e inocente, no descansaron hasta descargar toda su furia contra él: «Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe» (Gén 37, 20).
Dos manifestaciones de un mismo vicio
No obstante, su maldad no se detuvo en ese grito infame… Enseguida se oyó la voz de la hipocresía: «¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra» (Gén 37, 26-27). ¡Y así lo hicieron! «Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto» (Gén 37, 28).
Se trata de dos manifestaciones de la misma envidia: la radical, que busca la destrucción y la total desaparición de aquel a quien se envidia; y la hipócrita, que no tolera ni admira enteramente el bien, pero tampoco se adhiere por completo ni al pecado ni al mal. ¿Facinerosa? No. Indolente, mezquina y mediocre, como Poncio Pilato, que se lavó las manos ante el mayor crimen de la historia.
¡Pobres ciegos! Sin percibirlo, eran más esclavos que José, a quien vendían propiamente para la servidumbre. Éste, aunque cautivo, permaneció libre porque no se dejó atar por las cadenas del pecado. Y a partir de esa esclavitud Dios realizaría grandes maravillas.
Admiración, el presupuesto del amor
El primer elemento del amor es la admiración. El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas presupone, por lo tanto, admirar a Dios en todas las cosas. Lo explicamos: cuando estimamos a alguien, sentimos la necesidad de disfrutar de su presencia. Lo mismo ocurre con el amor al Creador, que nos impulsa a la búsqueda incansable de reflejos suyos en el espejo del universo, sin lograr descanso hasta encontrarlo.
Por cierto, la palabra admiración viene del latín admiratio. Miror significa, entre otras acepciones, mirar con asombro, encanto;3 mientras que ad se traduce como «hacia» o «en dirección a». Aplicando esto a nuestra relación con el Creador, parece plausible afirmar que ad-mirari indica el movimiento de la persona que dirige su atención hacia afuera de sí misma, a fin de buscar a Dios.
Entendida de esta manera, la admiración bien podría llamarse esclavitud de amor.
Una esclavitud que libera
Esa entrañable relación sobrenatural le valió a José su libertad. De hecho, supo encontrar la mano de Dios detrás de los sueños del faraón, salvando al país de la terrible hambruna que se avecinaba. El soberano, como muestra de afectuosa gratitud, lo liberó de la cárcel; se quitó su anillo y «lo puso en la mano de José; le hizo vestir ropas de lino y le puso un collar de oro al cuello. […] Así lo puso al frente de toda la tierra de Egipto» (Gén 41, 42-43).

José interpretando los sueños del faraón – Galería Bassenge, Berlín
Aquí vemos la recompensa del alma admirativa: Dios la libera de la cárcel del egoísmo, para hacerla habitar en los palacios de la caridad; rompe las cadenas del pecado para poner en su lugar el anillo, símbolo de su alianza indisoluble; la libera del yugo de la esclavitud diabólica, para colocar alrededor de su cuello el preciosísimo collar de la «gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8, 21). ◊
Notas
1 San Juan Crisóstomo. Homiliarum in Genesim. Homilía LXI, n.º 1: PG 54, 526.
2 Invideo. In: Ernout, Alfred; Meillet, Alfred. Dictionnaire étymologique de la Langue Latine. 4.ª ed. Paris: Klincksieck, 2001, p. 321.
3 Cf. Mirus. In: Ernout; Meillet, op. cit., p. 406.

