Desde el principio, llamados al orden de la gracia
El libro del Génesis nos revela no sólo el orden natural de la existencia, sino también, a la vez y desde el principio, el orden sobrenatural de la gracia. […] El hombre está llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad y amistad con Él. Dios quiere ser cercano a él. Quiere hacerle partícipe de sus designios. Quiere hacerle partícipe de su vida. Quiere hacerle feliz con su misma felicidad. […]
Sabemos que el primer hombre, que disfrutaba de esta inocencia virginal y de particular cercanía de su Creador, no mostró tal disponibilidad. La primera alianza de Dios con el hombre quedó interrumpida. Pero nunca cesó de parte de Dios la voluntad de salvar al hombre. No se quebrantó el orden de la gracia.
San Juan Pablo II.
Audiencia general, 13/12/1978.
Admirable restauración del plan divino
El Hijo de Dios se hizo hombre —explica San Atanasio— para que nosotros, los hombres, pudiéramos ser divinizados. […]
La divinización no tiene nada que ver con la auto-deificación del hombre. Por el contrario, la divinización nos protege de la tentación primordial de querer ser como Dios (cf. Gén 3, 5). Aquello que Cristo es por naturaleza, nosotros lo llegamos a ser por gracia. Por la obra de la Redención, Dios no sólo ha restaurado nuestra dignidad humana como imagen de Dios, sino que aquel que nos creó de modo maravilloso nos ha hecho partícipes, de modo más admirable aún, de su naturaleza divina (cf. 2 Pe 1, 4).
León XIV.
In unitate fidei, 23/11/2025.
Por el bautismo se consigue la gracia
Gran ventaja es el nombre de Cristo, respecto a la fe y a la santificación por el bautismo, que quienquiera y donde quiera fuere bautizado en el nombre de Cristo, consiga al punto la gracia de Cristo.
San Esteban I.
Carta a los obispos de Asia Menor,
año 256: DH 111.
Vida de la gracia,plenitud de vida
Todo lo que comienza en la tierra, antes o después termina, como la hierba del campo, que brota por la mañana y se marchita al atardecer. Pero en el bautismo el pequeño ser humano recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que lo capacita para entrar en relación personal con el Creador, y esto para siempre, para toda la eternidad.
Todos sentimos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el bautismo.
Benedicto XVI.
Homilía, 13/1/2008.
Vivir en Dios y de Dios
Mediante el don de la gracia, que viene del Espíritu, el hombre entra en una nueva vida, es introducido en la realidad sobrenatural de la misma vida divina y llega a ser santuario del Espíritu Santo, templo vivo de Dios. En efecto, por el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo vienen al hombre y ponen en él su morada.
En la comunión de gracia con la Trinidad se dilata el área vital del hombre, elevada a nivel sobrenatural por la vida divina. El hombre vive en Dios y de Dios: vive según el Espíritu y desea lo espiritual.
San Juan Pablo II.
Dominum et vivificantem, 18/5/1986.
Altísima dignidad del hombre redimido
Si consideramos la dignidad de la persona humana a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado aún esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna.
San Juan XXIII.
Pacem in terris, 11/4/1963.
Un nuevo organismo interior
Toda la vida cristiana se desarrolla en la fe y en la caridad, en la práctica de todas las virtudes, según la acción íntima de este Espíritu renovador, del que procede la gracia que justifica, vivifica y santifica, y con la gracia proceden las nuevas virtudes que constituyen el entramado de la vida sobrenatural.
Se trata de la vida que se desarrolla no sólo por las facultades naturales del hombre ―entendimiento, voluntad, sensibilidad―, sino también por las nuevas capacidades adquiridas (superadditae) mediante la gracia, como explica Santo Tomás de Aquino. Ellas dan […] a todas las potencias del alma y de algún modo también del cuerpo, la posibilidad de participar en la nueva vida con actos dignos de la condición de hombres elevados a la participación de la naturaleza y de la vida de Dios mediante la gracia: «consortes divinae naturae», como dice San Pedro (2 Pe 1, 4).
Es como un nuevo organismo interior, en el que se manifiesta la ley de la gracia: ley escrita en los corazones, más que en tablas de piedra o en códices de papel.
San Juan Pablo II.
Audiencia general, 3/4/1991.
Necesidad de cooperar con la gracia de Dios
Nadie, en verdad, podrá negar que el Santo Espíritu de Jesucristo es el único manantial del que proviene a la Iglesia y sus miembros toda virtud sobrenatural. Porque, como dice el salmista, «la gracia y la gloria la dará el Señor» (Sal 83, 12). Sin embargo, el que los hombres perseveren constantes en sus santas obras, el que aprovechen con fervor en gracia y en virtud, el que no sólo tiendan con esfuerzo a la cima de la perfección cristiana sino que estimulen también en lo posible a los otros a conseguirla, todo esto el Espíritu celestial no lo quiere obrar sin que los mismos hombres pongan su parte con diligencia activa y cotidiana. «Porque los beneficios divinos ―dice San Ambrosio― no se otorgan a los que duermen, sino a los que velan».
Que si en nuestro cuerpo mortal los miembros adquieren fuerza y vigor con el ejercicio constante, con mayor razón sucederá eso en el Cuerpo social de Jesucristo, en el que cada uno de los miembros goza de propia libertad, conciencia e iniciativa. Por eso quien dijo: «Y yo vivo, o más bien yo no soy el que vivo: sino que Cristo vive en mí» (Gál 2, 20), no dudó en afirmar: «la gracia suya [es decir, de Dios] no estuvo baldía en mí, sino que trabajé más que todos aquéllos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Cor 15, 10).
Pío XII. Mystici
Corporis Christi, 29/6/1943.
Condición primera y fundamental
La oración es la primera y fundamental condición de la colaboración con la gracia de Dios. Es menester orar para obtener la gracia de Dios y se necesita orar para poder cooperar con la gracia de Dios. Este es el ritmo auténtico de la vida interior del cristiano.
San Juan Pablo II.
Ángelus, 4/7/1982.
La historia espera verdaderos hijos de Dios
La creación espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios, para ser libre y alcanzar su esplendor.
Queridos amigos, nosotros queremos ser esos hijos de Dios que la creación espera, y podemos serlo, porque en el bautismo el Señor nos ha hecho tales. Sí, la creación y la historia nos esperan; esperan hombres y mujeres que sean de verdad hijos de Dios y actúen en consecuencia.
Benedicto XVI.
Homilía, 3/6/2006.

