8 de marzo – III Domingo de Cuaresma
El Evangelio nos narra que era alrededor del mediodía cuando Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo de Jacob. Al acercarse una mujer samaritana a sacar agua, le dice: «Dame de beber».
Dada la enemistad existente entre judíos y samaritanos, y habiendo reconocido que el Señor era del pueblo elegido, la mujer se sorprendió de que le dirigiera la palabra. Entonces, el Maestro le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y Él te daría agua viva» (Jn 4, 10).
Tras interrogarle cómo podía darle agua si ni siquiera tenía un cubo para sacarla, la samaritana le escuchó revelarle detalles de su vida y comprendió que estaba ante el Mesías, por lo que se apresuró a llamar a otros miembros de su pueblo, que también creían en Él.
Deteniéndose junto al pozo de Jacob, el Señor esperó que llegara allí el alma que deseaba salvar, aunque aquella mujer, al dirigirse al lugar en una hora en la que otras personas no iban —para no causar escándalo con su presencia, pues vivía en estado de pecado—, ni siquiera podía imaginar que la verdadera Fuente de Vida la esperaba allí.
Cuántos de nosotros, avergonzados de nuestro proceder y olvidados de que Jesús vino a este mundo para iluminar a los que caminan en tinieblas (cf. Is 9, 1), también dudamos cuando Él se presenta para saciarnos.
El agua viva prometida por el divino Redentor es aquella que calma la sed provocada por las pasiones mundanas, la cual lleva al alma a desear cada vez más de la fuente del pecado, sin satisfacer nunca sus apetitos desenfrenados.
El pecado atrae al hombre que, siempre sediento, murmura contra Dios, como otrora el pueblo de la Alianza contra Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed?» (Éx 17, 3). Como si la culpa de las consecuencias de nuestros pecados fuera del Señor y no de nuestras malas acciones.
Con razón afirma San Agustín: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».1 Así, esta liturgia nos invita a buscar en la Fuente de la Vida el agua que sacia el alma, rechazando el agua de las pasiones que corrompen el interior del hombre y lo alejan de la felicidad eterna.
Instada por el divino Maestro a recibir el agua de la vida, la samaritana fue invitada a abandonar el pecado. Del mismo modo, cada uno de nosotros, al recibir al Redentor, no podemos alimentar el deseo de servir a Dios y seguir viviendo conforme al espíritu del mundo.
Nuestra gran decisión en esta Cuaresma debe ser la de rechazar el pecado, para que nuestra sed sea saciada por el agua viva. Y para alcanzarla, basta con suplicar a aquella que es Madre, María Santísima, y que puede llevarnos directamente a la Fuente de la que brota el agua de la vida eterna. ◊
Notas
1 San Agustín. Confessionum. L. I, c. 1, n.º 1.

