Dos silencios… y una enseñanza

En un mundo agitado por el desorden en las almas, recibimos la invitación a encontrar la humildad y la paz a través del silencio interior.

21 de diciembre – IV Domingo de Adviento

Hace algún tiempo, fue noticia un reto lanzado por una empresa de renombre internacional: ofrecían una gran suma de dinero a quien lograra permanecer más de una hora en una habitación aislada de cualquier ruido exterior.

A pesar del premio, aparentemente tan fácil de conseguir, las personas eran incapaces de quedarse allí quietas, escuchando tan sólo su respiración y los latidos de su corazón. Al cabo de un rato, se sentían angustiadas por estar entregadas únicamente a sus propios pensamientos. El mundo actual nos ha desacostumbrado al silencio…

El Evangelio de este domingo, sin embargo, quiere mostrarnos la importancia del silencio interior.

En la narración de San Mateo (cf. Mt 1, 18-24) contemplamos dos silencios: el de la humildad y el del corazón.

Primero vemos a María Santísima que tras recibir la visita del arcángel San Gabriel anunciándole la más alta dignidad concedida a una criatura, la de ser Madre de Dios, guarda silencio. No sale a la calle llamando la atención de los demás sobre el divino misterio que se estaba realizando en sus entrañas virginales, ni busca enaltecerse por la grandeza de su condición. No se considera con derecho a transmitirle ni siquiera a su castísimo esposo el milagro inefable que llevaba en sí, tal vez pensando: «Si lo que hay en mí es obra de Dios, Él mismo lo revelará a quien juzgue necesario». Silencio de la humildad, que guarda en sí los dones divinos y no se envanece de lo que ha recibido del Creador.

Por otra parte, vemos a San José, hombre justo, que la había recibido como esposa por medio de señales del Cielo y había ratificado con Ella el voto de guardar la virginidad por amor a Dios. No obstante, percibe en Nuestra Señora los signos característicos de la gestación…

Testigo de la santidad de María, ardiente devoto suyo como no ha habido otro en la historia, en ningún momento el Glorioso Patriarca sospechó siquiera de su integridad. Al contrario, enseguida se dio cuenta del sublime misterio que envolvía a su virginal esposa. Misterio tan elevado, que era indigno de conocerlo… Y si ésa era la voluntad de Dios, la actitud más perfecta consistía en aceptarla y recogerse en el silencio de su corazón.

Ambos silencios son fruto de la serenidad característica de quienes desean servir a Dios y están siempre dispuestos a renunciar a su propia voluntad para cumplir la suya.

Pero el mundo acostumbra a los hombres a la agitación, robándoles la paz de alma y la capacidad de, recogidos en su interior, aceptar la voluntad de la Providencia. Ése es el ruido constante que desequilibra las almas.

Aprendamos de María el silencio de la humildad, sin envanecernos jamás de los dones que debemos al Creador. Y sepamos, como San José, silenciar nuestras angustias y aflicciones, aceptando siempre la voluntad de Dios, pues esto traerá la aurora de su manifestación. ◊

 

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