15 de marzo – IV Domingo de Cuaresma
El cuarto domingo de Cuaresma es llamado Domingo Laetare —es decir, «Alégrate»— porque, transcurrida más de la mitad de este tiempo penitencial, la Iglesia nos ofrece un breve respiro para anticipar las gracias de la Redención que se acerca, anunciada por la antífona de entrada: «Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis».
Pero esta es una alegría que sólo podemos alcanzar si adaptamos nuestros criterios a los de Dios. Y por eso la liturgia nos invita a estar vigilantes para no engañarnos nunca, siguiendo las normas y superficialidades del mundo. Las lecturas nos muestran un clarísimo contraste entre la apariencia y la verdad del corazón, la luz y la oscuridad, la ceguera física y la ceguera espiritual.
En la primera lectura, Dios quiere educar a su profeta y le advierte que no se fije en las exterioridades, pues «el Señor mira el corazón» (1 Sam 16, 7). Y Samuel se adapta a su voluntad.
San Pablo nos exhorta, en la segunda lectura, a discernir lo que agrada al Altísimo, desenmascarando las obras de las tinieblas y separándonos de ellas (cf. Ef 5, 11). Solamente así daremos frutos propios de hijos de la luz: bondad, justicia, verdad (cf. Ef 5, 9).
El Evangelio confronta la actitud de los fariseos —que ven el mundo material, pero no perciben nada en el campo sobrenatural— con la de un mendigo ciego de nacimiento, a quien el Señor no sólo le devuelve la vista física, sino que le concede la vista espiritual.
Ante el pueblo, los fariseos supieron rodearse de un aparente halo de virtud y justicia que no correspondía a su ser interior, artificio que los volvió ciegos de corazón y les impidió adaptarse a los criterios divinos. Así, terminan juzgando los milagros realizados por el Señor como transgresiones a la ley mosaica (cf. Jn 9, 16).
El ciego de nacimiento, por el contrario, gracias a la rectitud de su corazón, defiende a quien lo curó y da un testimonio valiente ante los fariseos, sin respeto humano ni miedo a ser castigado con la pena de exclusión de la comunidad judía: «Si este hombre no viniera de Dios, no tendría ningún poder» (Jn 9, 33). Esta actitud de hijo de la luz fue recompensada por Jesús, quien le abrió los ojos de la fe para que, postrándose ante Él, lo reconociera como el Mesías esperado.
Los ejemplos que nos ofrecen las lecturas son una buena ocasión para que hagamos un serio examen de conciencia y, de este modo, afrontar la segunda etapa de la Cuaresma preguntándonos: ¿Intento adecuar mi forma de vivir a los principios morales de la Iglesia? ¿Cuál es mi actitud cuando estos principios chocan con mis costumbres? ¿Prefiero no conocerlos en profundidad para que así mi conciencia no me acuse?
Seamos como el profeta Samuel y dejémonos educar por el divino Maestro; abandonemos todo lo que dificulta nuestra unión con Él, ya sean costumbres, criterios, respetos humanos… Entonces podremos regocijarnos verdaderamente y disfrutar de las gracias propias de este Domingo Laetare. ◊

